Capítulo 4

1031 Palabras
El departamento está en silencio. No un silencio cómodo, sino uno funcional, construido a fuerza de costumbre. Todo en su lugar. Todo donde debe estar. Damián deja las llaves en el cuenco de siempre, se quita el abrigo y lo cuelga sin mirar. El gesto es automático, como casi todo en su vida. Enciende una luz. Luego otra. El espacio se revela tal como es: amplio, ordenado, impersonal. Muebles elegidos por utilidad, no por gusto. Superficies limpias. Nada fuera de lugar. No hay fotos. No hay rastros de otra presencia. No desde hace tiempo. Se sirve un vaso de agua y se queda de pie, apoyado contra la mesada, sin beber. La imagen vuelve sin pedir permiso. Teresa inclinada frente a la góndola. El abrigo grande. Las manos pequeñas sosteniendo un paquete como si pesara más de lo que realmente pesa. No había nada extraordinario en la escena. Y, sin embargo, algo se le había quedado adherido, como una astilla invisible. Cierra los ojos un segundo. La recuerda leyendo etiquetas con atención excesiva, como si cada decisión mereciera respeto. Nada impulsivo. Nada innecesario. Esa forma de existir con cuidado, como si el mundo pudiera romperse si se lo trataba con brusquedad. Abre los ojos. Se mueve por el departamento, pero no sabe bien hacia dónde. Termina sentado en el sillón, el vaso aún intacto sobre la mesa baja. Apoya los codos en las rodillas, inclina el cuerpo hacia adelante. Piensa en el café. En cómo espera la orden. En cómo no se adelanta. En cómo no interpreta. Solo ejecuta. Esa idea le provoca algo nuevo. Algo incómodo. No deseo. No todavía. Es otra cosa. Control. La calma de saber que ella no actúa sin indicación. Que no improvisa. Que no ocupa espacio si no se le da permiso. Frunce el ceño, como si ese pensamiento no le perteneciera. No es así como piensa normalmente. Él analiza, perfila, observa. Pero esto no es análisis profesional. Esto es… íntimo. Silencioso. Propio. Se levanta y camina hasta la ventana. La ciudad se extiende abajo, luces dispersas, movimiento constante. Gente viviendo vidas que no le interesan. Teresa sí. Y eso es un problema. Apoya la mano contra el vidrio frío y recuerda el momento exacto en el supermercado en que el niño casi la golpea. Cómo su cuerpo reaccionó antes que su cabeza. Cómo se interpuso sin pedir permiso, sin evaluar consecuencias. Dominio físico. Instinto. Protección. Tres cosas que no debería mezclar con alguien que apenas conoce. Pero su mente no sigue reglas morales cuando está sola. Se imagina escenas que no tienen nada de oscuras. Al contrario. Son simples. Inofensivas. Teresa caminando a su lado. Teresa sentada frente a él, escuchando. Teresa esperando. Esperando qué, no lo sabe. Que él decida. La idea le aprieta el pecho. No porque sea incorrecta, sino porque se siente… natural. Se da cuenta, con una lucidez que le incomoda, de que no la imagina hablando demasiado. No la imagina discutiendo. La imagina atenta. Presente. Tranquila. Disponible. Se pasa una mano por el rostro, como si pudiera borrarse esos pensamientos con el gesto. —No es así —murmura, aunque no hay nadie para escucharlo. Pero la mente no retrocede. Piensa en cómo se vería sentada en ese sillón, los pies sin tocar del todo el piso. En cómo el departamento, tan grande, la haría parecer aún más pequeña. En cómo su presencia no alteraría el orden, sino que lo suavizaría. Una vida compartida sin ruido. Sin conflicto. Sin resistencia. Se sorprende a sí mismo apretando la mandíbula. Nunca había querido eso. Después del divorcio, había aprendido a vivir sin expectativas. Sin proyecciones. Las personas eran variables. Problemas potenciales. Riesgos emocionales. Teresa no encaja en esa categoría en su mente. Ella no es un riesgo. Ella es… algo que se ordena. La palabra lo inquieta. Se aleja de la ventana y camina hacia el dormitorio. El reflejo en el espejo del pasillo le devuelve una imagen conocida: hombre grande, imponente, rostro duro, líneas marcadas por años de ver demasiado. Nada en él sugiere suavidad. Y, sin embargo, lo que imagina con ella no es violento. No es explícito. Es más peligroso que eso. Es posesivo. No en el sentido burdo. No como celos o arrebatos. Es la posesión silenciosa de quien cree saber qué es mejor para el otro. De quien decide sin consultar porque “cuida”. Se sienta en el borde de la cama. Piensa en Teresa en el café, esperando que él diga qué va a tomar. En cómo no corrige. No sugiere. No interrumpe. Él siempre tiene la última palabra. Y ella parece cómoda con eso. Ese pensamiento lo calma y lo perturba al mismo tiempo. Recuerda algo que Florence dijo, casi en broma: que vivir solo para el trabajo no era vida. Que debía buscar a alguien. No era esto lo que ella tenía en mente. Pero tampoco es lo que él cree estar haciendo. No se ve a sí mismo como alguien que busca compañía. Lo que busca es equilibrio. Un contrapeso. Algo que amortigüe la oscuridad que carga a diario. Y Teresa, con su silencio y su precisión, encaja demasiado bien en ese rol. Demasiado. Se recuesta sin quitarse la ropa, mirando el techo. Las luces apagadas dejan la habitación en penumbra. La ciudad sigue viva afuera, indiferente. Se pregunta, por primera vez, qué pasaría si alguien como ella conociera lo que él ve. Los cuerpos. Los informes. El horror meticuloso. La respuesta surge de inmediato, firme, sin fisuras: No debería. Nunca. Ella pertenece a otro lado del mundo. Uno limpio. Ordinario. Seguro. Y la idea de mantenerla ahí —aunque solo exista en su cabeza— le produce una sensación de control que no experimenta ni siquiera en su trabajo. Eso es lo que más lo inquieta. Porque no se trata de salvarla. Se trata de conservarla intacta. Cierra los ojos. La imagen final que se le impone no es oscura ni explícita. Es simple y reveladora: Teresa esperando detrás del mostrador, las manos quietas, los ojos bajos, hasta que él habla. Hasta que él decide. Y en esa espera, él siente algo que no debería sentirse tan bien: Poder.
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