A la mañana siguiente cuando me desperté lo hice muy alegre, sentía mi corazón vibrar de emoción por aquel beso que George me había regalado, y contra todo pronóstico no me arrepentí ni siquiera un poquito, yo ya había aceptado lo que sentía por él, sin culpa y había abierto nuevamente mi corazón para el amor, lo que yo creía que jamás sucedería, sucedió, y ahí estaba yo sentada al borde de mi cama nuevamente con la esperanza de un nuevo amor. Yo sentía que ya había superado mi pena por haber perdido a Alex, pues no podía seguir llorando y extrañando a alguien que se había ido para siempre y que no volvería jamás, el recuerdo de mi marido seguía ahí clavado en lo más profundo de mi corazón y comprendí entonces que ese recuerdo estaría ahí siempre, y que jamás lo olvidaría, pero ya no era

