Capítulo Uno

3331 Palabras
—Preciosa, di hola a la cámara. —Deja ya eso y ven aquí. —Vamos amor, di hola. —Hola, ¿contento? —Feliz... pero porque tú estás conmigo. —No estarás muy feliz cuando me levante a traer tu trasero hasta aquí. — ¿Sabes una cosa? Soy el hombre más afortunado del mundo. — ¿Ah sí? —Sí, tengo a la mujer más hermosa y sexy del universo. —Eres un adulador. —Lo que soy es un bastardo suertudo por tenerte a mi lado. —Eso sí y ni creas que podrás deshacerte de mí algún día. —Jamás lo haría, no podría vivir sin ti. La mujer sonrió con adoración al hombre, quien aún sostenía la cámara—Ven aquí. El hombre dejó la cámara sobre la arena y se recostó a su lado en la manta. —Te amo Briana—dijo depositando un tierno beso sobre sus labios. —Feliz aniversario. —Feliz aniversario cariño, yo también te amo. . . Se había quedado dormido de nuevo frente al televisor. La música del piano sonaba en el reproductor con su canción favorita, aquella que había compuesto tiempo atrás para ella. En la pantalla estaba congelada su imagen, con su sedosa y ondulada cabellera dorada, los grandes y hermosos ojos azules como el cielo y esos labios color coral que junto con la forma oval de su rostro eran un poema a la belleza. Rebeca entró al apartamento que compartía con su primo desde hacía algunos meses, encontrándose con la misma escena de siempre. Dejó su bolso y abrigo en el perchero, y tratando de no hacer demasiado ruido se acercó hasta donde estaba el hombre para quitarle de su mano la botella de vodka. Derek se removido inquieto en el sofá, murmurando frases incoherentes que Rebeca no supo descifrar. Tomó el mando a distancia y apagó el televisor, luego se giró para hacer lo mismo con el reproductor cuando sintió que alguien la sujetaba por la muñeca. —No lo apagues, —dijo Derek—quiero escucharla un poco más. Rebeca suspiró pesadamente. Era la misma situación que se repetía todos los días desde aquel día en que su primo había cambiado radicalmente. —Derek, ¿cuándo entenderás lo mucho que esto te hace daño? Recibió por respuesta el silencio. La pista terminó y se disponía a iniciar de nueva cuenta. Rebeca hizo caso omiso de la solicitud de su primo y se acercó nuevamente al reproductor para apagarlo. Entonces en un rápido movimiento Derek se puso en pie como un resorte y le tomó fuertemente el brazo. — ¡Te dije que lo dejaras!—le espetó furioso. —Derek...—Rebeca no podía creer su reacción. Se soltó del agarre de su primo, acariciando la parte en donde él la había sujetado. —No puedo creer que te comportes así, yo solo te quiero ayudar. —Pero yo no pedí tu ayuda. —No era necesario, somos familia y aunque no lo dijeras sé que me necesitabas. Por eso vine a vivir contigo, quería cuidarte. —Te permití vivir aquí porque sabía que no dejarías de llamar a diario, pero no quiero que te metas en mi vida. — ¿Vida? —Dijo con ironía— ¿Cuál vida, Derek? ¿A esto llamas vida?—dijo señalando a su alrededor y a él mismo—Ya ni siquiera te afeitas, no sales de casa, pasas el día tirado en el sofá lamentándote, mirando ese vídeo una y otra vez... ¡Ni siquiera has vuelto a tocar! Por suerte lograste hacer algo de capital antes de echarte a morir de esta manera, sino solo Dios sabe cómo harías para sostenerte de no ser así. —No sigas Rebeca, tú no tienes ningún derecho a decirme nada. — ¡Claro que lo tengo! —Gritó interrumpiéndolo— Soy tu familia y aunque no lo quieras me preocupo por ti. Por Dios, Derek mírate, no eres ni la mitad del hombre que eras antes. —Rebeca suspiró— No creo que a ella le gustaría ver en lo que te has convertido. Aquellas palabras le habían dolido como si le hubiesen atravesado el corazón con un cuchillo. No pudo evitar las lágrimas que comenzaron a brotar de sus ojos y cayó al suelo derrotado. —La extraño tanto Rebeca. —sollozó. —Lo sé, primo, —dijo abrazándolo— lo sé, pero no puedes seguir así. Te estás auto destruyendo. — ¿Por qué ella? ¿Por qué tuvo que pasarme esto? ¿Por qué tuvo que pasarle eso a ella? . . Seis meses atrás — ¿Amor estás listo? —Aun no bonita, no te desesperes. —Sabes que no me gusta esperar. Derek sonrió. Conocía muy bien la impaciencia de su esposa pero eso justamente había sido lo que lo enamoró de ella y lo llevó a pedirle matrimonio apenas cuatro meses después de comenzar a salir. Salía de uno de sus conciertos cuando la vio. Llevaba el cabello rubio suelto sobre su espalda sujetado al lado con una peineta de plata con un diseño de mariposa. El vestido de gala blanco se ceñía deliciosamente a su cuerpo revelando una figura de infarto. Pero lo que más le impactó fueron aquellos hermosos ojos cielo que estaban encendidos por la furia. — ¿Como que no conseguiste la champaña?— le gritaba a una chica de cabello castaño que la miraba nerviosa— Fui muy clara al decirte que necesitaba específicamente esa botella en el camerino del señor Reed antes de que terminara el interludio. —Pero es que... —Es que nada, no tienes excusa. —Señorita Givens si me dejara explicar yo... —Vamos ¿qué esperas? No me hagas perder tiempo y explícate. —Fui a conseguir la champaña que usted pidió personalmente, pero no tenían de esa marca en específico así que quise llamarla para decirle las opciones pero usted no respondió el móvil... — ¿Entonces es mi culpa? ¿No puedes tomar una decisión y yo soy la responsable? Carissa no sabía cómo responder a aquello. Si en algo conocía a su jefa era justamente en lo estricta que era y lo exigente cuando daba una orden. Si Briana Givens decía que lo quería verde no admitía que se le diera de otro color. —No te pongas a llorar, me choca cuando lo haces y en este momento no necesito lágrimas, lo que necesito es que resuelvas, ¿qué le vamos a dar al señor Reed? —Por mí no te preocupes. Briana, quien había estado de espaldas todo el tiempo y no lo había visto ni oído entrar, se volteó hacia él como en cámara lenta y al verle toda su furia anterior desapareció. —Señor Reed, ¿lleva mucho rato ahí? —El suficiente como para tranquilizarte y decirte que no hace falta que me concedas todos mis deseos si eso implica que trates así a esta pobre chica. No lo había dicho como un reproche, al contrario, estaba impresionado con el fuego de esa mujer, deseando tener la oportunidad de ser él quien domara a aquella fierecilla salvaje, pero Briana no lo consideró así. —Carissa retírate. —Briana esperó hasta que la castaña se fuera para hablar—No permito que se dirija a mí en esa forma enfrente de mis empleados. Derek se acercó hasta ella lentamente, como un león que acecha a su presa—Ahora que estamos solos, —dijo— ¿puedo dirigirme a ti de otra forma? El recuerdo de sus ojos azules abiertos ampliamente lo hizo sonreír. Terminó de ajustar la corbata púrpura que su esposa le regaló en su primer aniversario hacía dos años y salió a reunirse con ella en la sala de estar. — ¿Briana?—la llamó preocupado al ver que no estaba. Giró en torno a la cocina y encontró sobre el refrigerador una nota. Era la letra de su esposa. «Salí a conseguir un taxi, te veo en el vestíbulo. Besos» Sonrió. Aquello era típico de su impaciente esposa y no le sorprendía para nada que, a pesar de que era su celebración de aniversario, Briana hubiera salido sin él por un taxi. Apagó las luces del apartamento y salió, cerrando con llave tras de sí. El ascensor tardó un poco en llegar pero no iba a tomar las escaleras para apresurarse. Si Briana había conseguido el taxi entonces ella pagaría por el tiempo que el chofer esperara a que él se reuniera con ella. —Hola señor Hall. —Saludó al viejo guardia del turno de noche del edificio— ¿A qué se debe todo ese alboroto afuera? —Hola señor Reed, está usted muy elegante hoy. La verdad no sé exactamente qué sucedió, fui al baño un momento y cuando salí estaba todo ese barullo, pero por lo que sé parece que atropellaron a alguien. —Espero que no sea grave. Por cierto, ¿ha visto salir a mi esposa? —Sí, hace unos minutos la vi salir como un torbellino, dijo que iría por un taxi pero creo que debe estar molesta, con ese alboroto dudo que lo haya conseguido. Agradeció la información al señor Hall y despidiéndose del buen hombre salió del edificio. En efecto, había mucha gente amontonada cerca de donde se encontraba una ambulancia, seguramente curiosos que se detenían a ver qué sucedía. Del otro lado de la calle estaba una camioneta 4x4 último modelo, con la parte delantera incrustada en uno de los postes del tendido eléctrico. Un policía metía a un hombre a la patrulla estacionada justo detrás del área acordonada, seguramente el responsable de aquel accidente. Derek trató de asomarse por encima de la muchedumbre para ver hacia donde estaban dos paramédicos dándole asistencia a quien supuso era la persona atropellada, pero era prácticamente imposible ver a través de aquel mar de gente. Entonces empezó a buscar con la mirada a Briana sin darle importancia a lo que sucedía, pero ella no estaba por ninguna parte. —Pobre, tan joven y bella. —dijo uno de los curiosos. —Es una lástima que una mujer tan hermosa haya quedado así, incluso la blusa blanca que llevaba pasó a ser color rojo. Algo en su pecho le golpeó. Derek se impulsó en medio de la masa de gente, abriéndose campo para llegar al frente. Cuando estuvo cerca de la cinta amarilla se alzó en puntillas para ver sobre uno de los curiosos y no podía creer lo que tenía ante sus ojos. —Atrás —decía un policía que custodiaba la escena— aquí no hay nada que... Señor, señor ¿qué hace? No puede cruzar la línea. — ¡Es mi esposa! —gritó. El uniformado entonces le permitió pasar hasta donde estaban los paramédicos subiendo a la rubia en una camilla. Tenía equipos auxiliares para ayudarla a respirar, sus ropas estaban completamente manchadas con su sangre así como su frágil y delicado cuerpo. Derek extendió el brazo para tomar su mano y al sentirlo Briana abrió sus ojos. —Derek. —No hables mi amor. —Lo siento. —No te preocupes por nada mi vida, solo mantente quieta, los paramédicos te llevaran al hospital y todo saldrá bien. —Lo siento. —Ya te he dicho que no hagas esfuerzos amor. Briana apretó más fuerte su mano, mirándolo con ojos suplicantes. —Lo siento—dijo una vez más haciendo su más grande esfuerzo en que Derek entendiera lo que ella quería decir con esas palabras. Entonces dejó caer su mano y cerró los ojos. —No te mueras Briana, —gimió— no me dejes. —Señor por favor déjenos hacer nuestro trabajo. —Decía el paramédico que trataba de subir junto con su compañero la camilla a la ambulancia— Puede ir con nosotros si gusta, pero tenemos que trasladar a su esposa ya si quiere que tenga una oportunidad de sobrevivir. Derek no pudo decir nada, simplemente asintió. Los paramédicos subieron la camilla en la parte trasera de la ambulancia y uno de ellos subió con ella, mientras el otro iba a conducir. Derek montó a su lado y cerraron las puertas del vehículo. —Estoy contigo amor, —dijo tomando nuevamente la mano de su esposa— no me dejes, por favor no me dejes. . . Tiempo después El público le ovacionó de pie durante varios minutos. Luego de unas cuantas reverencias bajaron el telón y él pudo volver a la paz de su camerino. Se recostó en el diván que habían dispuesto para él a solicitud de Samantha, su gran amiga y mánager desde que decidió volver a dar conciertos. Aquel era su décimo concierto en hilo en menos de dos meses y llevaba trabajando a ese ritmo sin detenerse, a pesar de las constantes quejas de Rebeca sobre su estado físico y lo delgado que se veía. Aunque hacía tres años su prima había contraído matrimonio con un joven empresario llamado Andrew King y tenían una pequeña hija de dos años, aun conseguía el tiempo para seguir vigilando de cerca su vida. —Estuviste genial, Derek. —Samantha había entrado a su camerino como siempre sigilosa y sin llamar, sentándose a su lado. —El público quedó fascinado, ¡incluso William habla de extender la gira y llevarla a Europa! —Habíamos quedado en que este sería el último concierto y luego tomaría unas vacaciones. —Sí lo sé, lo sé. Pero esta es una oportunidad de oro para ti. Una gira por Europa es lo que todo pianista espera para consolidar su carrera. Por lo menos podrías pensarlo. —Está bien, lo pensaré, pero si existiera la posibilidad de que aceptara tendría que ser luego de tomar un descanso, prometí a Rebeca que esta vez sí estaría presente en el cumpleaños de Helena y no le quiero fallar. —Creo que podríamos negociar que fuese luego de las fiestas, lo hablare con William. Derek suspiró cansado. Samantha lo observaba con auténtica devoción y admiración. Llevaba cuatro años trabajando con ese hombre codo a codo pero él nunca se había fijado en ella, había llegado a pensar que él no se daba cuenta que ella era una mujer y que si permanecía a su lado era solo por una cosa. Sí, ella lo amaba. Estaba total y absolutamente enamorada de Derek Reed. Pero cómo no amarlo, si aquel hombre parecía haber sido moldeado por los mismos dioses. A pesar de no llevar una rutina de ejercicios o comer saludable, Derek era un hombre con un cuerpo bien definido. Alto, de espalda amplia. Un trasero muy bien definido. Cabello n***o como la noche, ojos azules profundos, labios carnosos. Era la encarnación del dios griego del pecado y la lujuria. Además, tocaba el piano con una gran sensibilidad, sus notas podían transportar a cualquiera a otro mundo, a un mundo de ensueño. Él era tan perfecto y ella simplemente una cobarde. Hasta el momento no se atrevía a confesarle su amor, primero porque ella era una profesional y no quería poner en riesgo su carrera por enredarse con su representado, como había ocurrido con otras mujeres en el medio. Aunque la razón más poderosa era ella, Briana, la esposa de Derek. Luego de la muerte de Briana, el pelinegro no había vuelto a mirar a ninguna otra mujer y eso que no le faltaban admiradoras. Lo más difícil de estar enamorada de un hombre como Derek Reed era tener que pelearle su amor a un fantasma que para él parecía más real que ella. — ¿Te llevo a casa, Arlington?— Dijo el pelinegro sacándola de sus pensamientos. —Me harías un enorme favor, tengo el auto en el taller y no me apetece tomar un taxi. Derek recogió todas sus cosas y salieron del teatro por la puerta trasera, para evitar a los reporteros que siempre se quedaban esperándolo a la salida de sus conciertos, con la única intención de hacerle preguntas que no se sentía con el valor de responder. Si tan sólo le hablaran de su música o de sus próximas giras sería fácil, pero los medios parecían ensañados con la muerte de su esposa, su abrupto retiro y repentino regreso de los escenarios y si tenía en la mira algún nuevo amor. El valet parking había traído su auto y le entregó las llaves. Derek se puso al volante luego de ayudar a Samantha a subir y dobló la esquina para salir a la calle frente al teatro. Había comenzado a llover tan repentinamente que parecía como si el cielo conociera como se sentía y tratara de igualar el clima a sus emociones. Unas gotas de agua muy finas mojaban el pavimento y la oscuridad de la noche anunciaba que la tormenta que azotaría sería torrencial. Derek se quedó observando a una pareja que caminaba al otro lado de la calle con un pequeño niño en sus brazos. Llevaban un solo paraguas para los tres, pero a pesar de eso se mostraban felices, caminaban sin prisas aunque era evidente que la pareja tenía las ropas húmedas. El pelinegro no pudo evitar pensar en los planes que habían quedado inconclusos con la muerte de Briana. Recordaba que varias veces el tema de discusión giraba en torno a los hijos que esperaban tener, mientras Derek quería una familia numerosa, Briana decía que sólo tendrían dos hijos. Al final no lograban ponerse de acuerdo, pero las peleas siempre terminaban con ellos dos perfeccionando el método para hacer bebés. — ¡Derek cuidado! El grito de Samantha lo hizo reaccionar y volver a prestar atención hacia la carretera. Las llantas del auto chirriaron y tanto Derek como Samantha sintieron el jaleo del cinturón de seguridad al frenar el carro bruscamente. Derek estaba anonadado, su corazón le martillaba fuertemente dentro de su caja torácica, no daba crédito a que precisamente él hubiera estado a punto de atropellar a una persona. Del otro lado del retrovisor un par de ojos lo miraban atemorizados. . . Tenía los pies fijos al pavimento, congelada del miedo. Su impaciencia de cruzar la calle para llegar hasta el auto de su novio antes de que la lluvia fuese más fuerte, la llevó a cometer la imprudencia de lanzarse a la calle estando la luz del semáforo en verde. El vehículo frenó a escasos centímetros de su cuerpo, estaba segura de que si alargaba la mano sentiría el frío metal de la tapa del auto. En un acto reflejo se llevó las manos al cuerpo, palpando cada parte para asegurarse de que estaba completa. Soltó el aire que había estado conteniendo desde que vio venir el coche hacia su dirección y entonces alzó la mirada. Desde el interior del auto un par de ojos la observaban impasibles. No entendía lo que le sucedía. Aunque quisiera no podía apartar de su visión aquella mirada y su corazón empezó a latir fuertemente desbocado. Una sensación extraña le recorrió el cuerpo, una sensación de reconocimiento, era como si su lugar estaba al lado del dueño de aquellos ojos. — ¿Cariño estás bien? La voz preocupada de su novio la volvió a la realidad, estaba aún en mitad de la calle, su cuerpo empapado por la lluvia que había pasado de una simple llovizna a convertirse en un aguacero. No se había dado cuenta que su cuerpo estaba temblando aunque en realidad ella no sentía absolutamente nada de frío, era como si se convulsionase de adentro hacia afuera. —Estoy bien. —le alcanzó a decir en apenas un hilo de voz sin poder apartar la mirada de aquel hombre. . . —Es ella. —Decía Derek en voz alta— ¡Es ella! Samantha no comprendía lo que le pasaba a Derek, desde que miró a la chica que casi atropellaba no dejaba de repetir aquella frase, era como si estuviera hipnotizado y sin poder apartar la mirada de donde ella aún se encontraba. Derek vio como la mujer empezaba a caminar abrazada del hombre que se había acercado a ella, alejándose del lugar. Una fuerza lo obligó a moverse, e impulsado por ella se quitó bruscamente el cinturón de seguridad y salió dejando el auto en media calle con las luces encendidas y las bocinas de los vehículos que venían detrás suyo sonando. —Derek ¿a dónde vas?—Le gritó Samantha pero él no la escuchaba, estaba concentrado en darle alcance a la pareja y ya había perdido mucho tiempo al quedarse embobado mirándola partir. Corrió todo lo más rápido que pudo. Al doblar hacia el callejón los vio, el hombre estaba ayudando a la chica a subirse a un lujoso BMW. Derek se acercó a grandes zancadas y la tomo por el brazo al tiempo que ella se giraba para verlo. —Briana, ¿eres tú?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR