Alrededor de las tres, cuando llegamos a las caballerizas, advertimos que nos acechaba la presencia. Durante media hora o tres cuartos de hora, dejamos de sentirla otra vez. Después, el apagado murmullo volvió de nuevo. Aquel juego me estaba poniendo furioso. Y, aunque tratamos de captar algún pensamiento inteligible en aquella presencia, lo único que logramos distinguir fue una sensación de malevolencia y algún esporádico tumulto como el espectáculo de las hojas secas desintegrándose en el rugido de las llamas. Gabrielle se alegraba de estar camino de la torre otra vez. No era que la extraña presencia la inquietara, sino que se alegraba de poder disfrutar, como antes había dicho, de la quietud y el vacío de los campos. Cuando tuvimos ante nosotros el campo abierto, cabalgamos tan

