Me quedé de pie en los vestuarios mirando los diminutos pantalones cortos, pensando una y otra vez en mi plan. Hacía una semana, entré en el club de Santana y conseguí un trabajo como "bottle girl". No había sido tan difícil. Dejé claro que haría todo lo que quisieran los clientes, incluso follármelos, y le prometí al camarero que hacía de encargado lo que quisiera. Afortunadamente, no necesitó demasiada demostración. Una mamada de rodillas sobre las mugrientas alfombrillas de detrás de la barra había bastado. Pensé que al menos las alfombrillas eran de goma y agradables para las rodillas. Eso tenía que servir de algo. El par de veces que tuve arcadas de asco, fingí que se debía a que estaba muy bien dotado y por supuesto se lo creían. Ahora era la hora del juego. Sólo había una opción v

