El olor del tocino cocinándose me sacó del sueño y, por un momento, imaginé que era el día de panqueques de arándanos y que estábamos todos reunidos en la cocina riendo y hablando. La nostalgia me invadió y dejé que me calentara el pecho durante un minuto, acariciando el recuerdo que me había parecido tan auténtico antes de apartarlo y abrir los ojos al mundo real. Máximo había sido fiel a su palabra. Me había dado de comer y había tirado una manta y una almohada en el sofá antes de retirarse a su habitación y cerrar la puerta. Esa parte aún me hacía reír. Nunca me había considerado peligrosa, pero aquel hombre grande y asustadizo se había encerrado. Una parte de mí se preguntaba si era para mantenerlo a salvo de mí o a mí a salvo de él. No importaba. Después de esta mañana, no esperaba

