La limusina se detuvo frente al local, donde una multitud de personas esperaba retenida por una barrera de cuerdas, de esas típicas que se ven en las galas por televisión. Víctor abrió la puerta y Ángelo salió el primero. Un silencio inundó a la multitud, y luego una energía frenética. Preguntas a gritos, destellos cegadores, mientras la gente se revolvía para conseguir una posición mejor. Una cacofonía de caos controlado. Mis hombros se tensaron y se me revolvieron las tripas cuando me di cuenta de que yo también aparecería en la página seis de los periódicos de cotilleos por la mañana. Sin duda, todo el mundo se preguntaría quién era aquella mujer incómoda y por qué los De la Cruz estaban con ella, o mejor dicho, por que estaba yo con ellos. Tendría treinta segundos de intriga, en los q

