—¿Qué haces aquí, Malyshka? —preguntó, con esa voz baja y contenida que siempre lograba estremecerla. Ella, sin poder desviar la mirada de su torso, intentó recobrar la compostura mientras señalaba a Boris, quien ya se acercaba a Aleksei y le dejaba caer las bragas en sus pies, como si le ofreciera un trofeo. Aleksei bajó la mirada y, con una sonrisa sarcástica, recogió la diminuta prenda. Nyx sintió cómo el calor subía a sus mejillas, incapaz de ocultar el rubor que la invadía al verlo sostener sus bragas con ese gesto tan impasible, como si él hubiera encontrado algo que le pertenecía. —Eso es mío —murmuró, intentando que su voz no temblara, pero sus palabras sonaron casi como un ruego. Él la observó en silencio durante un segundo que le pareció eterno, con una expresión enigmática,

