La camioneta se detuvo abruptamente frente a una instalación industrial abandonada, sus muros de concreto agrietado marcados por el paso del tiempo y el olvido. Dos torres de vigilancia vigilaban el lugar como centinelas implacables. Era una prisión no oficial, una guarida hecha para desaparecer a cualquiera sin dejar rastro. Los sacaron a empujones, golpeándolos sin piedad con la culata de sus armas. Alessandro cayó de rodillas, pero se levantó de inmediato, fulminando con la mirada a su captor. Matteo escupió sangre, pero mostró una sonrisa desquiciada, casi desafiando su destino. Fueron conducidos al interior del complejo, un laberinto frío y sombrío. Pasillos estrechos con paredes de metal oxidado se extendían como venas putrefactas. El olor a humedad y moho se mezclaba con el inconf

