—¿Qué sabemos? —preguntó Alessandro con voz cortante, su mirada fija en un grupo de sus hombres que trataban inútilmente de controlar el fuego. Uno de los capos se acercó corriendo, jadeando por el esfuerzo. —Nada, señor. No encontramos rastros... ni explosivos, ni testigos. Solo fuego. Como si el infierno mismo se hubiera desatado. Matteo maldijo entre dientes, desenfundando su arma por instinto. El peso familiar en su mano le dio una fugaz sensación de control en medio del caos. —Reúnan a todos los hombres disponibles —ordenó Alessandro con voz de acero—. Nadie entra ni sale de aquí sin que yo lo sepa. En ese momento, un crujido ensordecedor resonó por encima de ellos cuando una de las estructuras metálicas cedió, colapsando en una lluvia de chispas y llamas. El calor era sofocante,

