—¿Qué demonios quieren? —gruñó Alessandro, su voz aún firme pese a su estado. El hombre sonrió, una mueca torcida y burlona. —Quieren que sufran. —Su acento ruso era pesado, pero claro. —Y eso... apenas comienza. Dos hombres más entraron, armados y vestidos de n***o, como sombras vivientes. Sin mediar palabra, liberaron a los Moretti de sus sillas solo para arrastrarlos hacia la salida. El sonido de sus botas resonó en el frío concreto mientras los empujaban sin contemplación alguna. Alessandro y Matteo resistieron con fuerza, pero sus cuerpos golpeados no eran rivales para la brutalidad calculada de sus captores. Los hicieron caminar bajo la lluvia helada de Nueva York, llevándolos a una camioneta negra con ventanas polarizadas. La parte trasera estaba abierta, una jaula de metal espe

