Susana —Yo te extrañé más —susurró Fabio. Un escalofrío recorrió su piel cuando él depositó un beso en su mano, aunque ella la retiró con suavidad, riendo un poco y tratando de disimular la turbulencia interna que los nervios estaban causando. Mientras Susana regresaba a la ciudad, su mente se inundaba con diferentes mantras reconfortantes: “El tiempo lo cura todo”, “Después de una temporada deja de doler” y el clásico “El Señor sabe lo que hace”. Sin embargo, este último le resultaba especialmente difícil de asimilar. Comprender el designio divino que le arrebataba a alguien cercano y la dejaba partida en dos era una tarea titánica que estuvo a punto de acabar con ella. La mudanza de sus padres fuera de la ciudad debido a la salud frágil de su madre no vino acompañada

