¡Luisana! ¡Lionel! —exclamó con voz fuerte Joaquin se puso de pie. Gianna se sobresaltó, arrugó el ceño. —No les grites, no te das cuenta que se sienten solos —recriminó enfurecida. Joaquin soltó un resoplido. —Ellos no son tus hijos, no te metas. Gianna sintió esas palabras de Joaquin como si le atravesara el corazón con una espada. Los pequeños corrieron llorando a su alcoba. Los ojos de Gianna se cristalizaron, sintió de nuevo aquel dolor en el alma. —Tienes razón. —La voz se le quebró—, no debí venir, ni ser amiga de tus hijos —enfatizó las dos últimas palabras, a pesar de su dolor, plantó su vista en él—, ojalá puedas entender que tus hijos requieren una familia, no sé por qué te divorciaste, aunque con ese carácter seguramente por eso te dejó tu mujer —espetó apretando

