Franco llegó a la empresa de Joaquín, fue atendido con amabilidad por una de las secretarías, la chica lo llevó a la sala de juntas. —¡Señor Rossi! —exclamaron los mellizos y corrieron a saludarlo con un abrazo, que fue bien recibido por Franco, los acogió con calidez, sintió esa conexión con los niños. «Señor Rossi» retumbó en la mente de Franco, como anhelaba escuchar que lo llamaron abuelo, aún abrigaba la esperanza dentro de su corazón de que los niños fueran sus nietos. —¿Se encuentra bien? —preguntó Luisana. Franco frunció el ceño, miró a la niña extrañado. —Sí, estoy bien, ¿por qué lo preguntas? —Por todo lo que le hizo Marypaz en Colombia, ¿lo estropeó mucho? —inquirió Lionel. Franco sonrió. —Tranquilos, ella no me hizo nada malo, su mascota fue quién me lanzó al sue

