La mañana en Palermo era suave, casi engañosa. Alessandra se encontraba de pie frente a una ventana de su despacho, con la vista fija en el paisaje. Su figura esbelta, enfundada en un traje n***o perfectamente ajustado, reflejaba poder y autoridad, justo lo que ella poseía. Era una mujer que no solo había nacido en el seno de la mafia, sino que había sido criada para gobernar. Los hombres la respetaban, y los que no lo hacían, simplemente ya no existían. “La hija de Vito Lucchese... un buen partido", pensaba con desdén. Había escuchado rumores sobre él, un hombre frío y calculador, eficiente en los negocios y despiadado en la calle. Pero, para Alessandra, no importaba tanto el hombre como la familia. Lucchese tenía poder en Chicago, y ella necesitaba consolidar alianzas fuera de Sicil

