Con la calidez del café aún en mis manos y el sabor agridulce de las palabras de mamá y Sharon en mi mente, me dejé caer en la silla, intentando absorber la paz que parecía colarse en el ambiente, aunque fuera por un rato. Apenas estaba tomando otro sorbo, cuando escuché pasos apresurados en el pasillo, y la tía Odessa apareció cargando una bolsa de ropa, con su clásica expresión resuelta, como si siempre supiera exactamente lo que había que hacer. La señora Sharon, con su amabilidad infinita, fue la primera en reaccionar. —Roxana, querida, ¿por qué no vas a la habitación de invitados, donde dormiste? —me dijo con una sonrisa cálida—. Puedes tomarte un baño y cambiarte tranquila, y luego bajas para que desayunemos. Asentí, aliviada y agradecida, de poder despejarme un poco, aunque fuera

