Álvaro llegó al bar con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, como si cargara todo el peso del mundo sobre sus hombros. Alfonso lo vio entrar desde su mesa habitual, junto a la barra, y alzó su vaso en señal de saludo. —¡Santibáñez! —gritó, dándole una palmada en la espalda cuando Álvaro se dejó caer en la silla frente a él—. Vaya sorpresa verte aquí. Pensé que estarías practicando los votos para tu boda con Carmina Luzuriaga. Álvaro lo fulminó con la mirada mientras tomaba el vaso de whisky que Alfonso ya había preparado para él. —No empieces con tus tonterías —masculló, dando un trago largo. Alfonso soltó una carcajada, moviendo el vaso en círculos. —Vamos, Álvaro. Sé que no es el tema más emocionante del mundo, pero con ese nivel de atención mediática, ¿qué esperabas? El compromis

