Álvaro apretó los puños, sus ojos se dirigieron hacia la sala donde sabía que estaban las llaves de repuesto. Caminó decidido hacia la mesa, las tomó y regresó con pasos firmes. Sin perder más tiempo, introdujo la llave en la cerradura y giró el pomo con un movimiento decidido. Cuando abrió la puerta, encontró a Amaya de pie, con los brazos cruzados y la mirada llena de desafío. Pero debajo de esa fachada dura, podía ver el brillo de las lágrimas que intentaba contener. —¿Qué estás haciendo? —preguntó ella, con una mezcla de enojo y fragilidad. Álvaro cerró la puerta detrás de él, sin apartar la mirada de ella. —Haciendo lo que tengo que hacer. Hablar contigo y arreglar esto —respondió, en tono firme pero más suave. Amaya dio un paso hacia atrás, tratando de mantener su distancia, per

