Cap.7: A punto de firmar un trato con el diablo.

1202 Palabras
Amaya terminó el último bocado del sándwich que Alfonso le había insistido en comer. Su cabeza aún daba vueltas, pero al menos el mareo había desaparecido. Estaba sola en la sala de descanso cuando la puerta se abrió, y la asistente entró con su expresión siempre profesional. —El señor Santibáñez desea hablar con usted nuevamente. ¿Está lista? Amaya dejó el vaso de agua sobre la mesita y alisó su vestido con las manos, un gesto casi automático. Asintió, aunque no podía negar que el nerviosismo aún la acompañaba. —Sí, estoy lista. Siguió a la asistente a través del pasillo que conducía a la oficina. Las imágenes de lo ocurrido antes aún flotaban en su mente: su desmayo, el rostro inexpresivo de Álvaro mientras le hablaba, y Alfonso tratando de calmarla. Entrar de nuevo a ese despacho le revolvía el estómago, pero sabía que no podía permitirse flaquear. Cuando la puerta de cristal se abrió, Amaya levantó la barbilla, decidida. Álvaro estaba sentado detrás de su escritorio, con una expresión inescrutable. Apenas levantó la vista cuando ella entró. —Señorita Ramírez —dijo en un tono neutro, señalando una silla—. Por favor, tome asiento. Amaya obedeció, ajustando la carpeta en su regazo. No podía evitar recordar el momento en que había caído desmayada en ese mismo lugar. Álvaro la observó durante un instante, como si midiera su estado físico. —Voy a ser directo —comenzó él, con un tono frío pero profesional—. Mi situación no es común. Necesito una esposa. No por amor ni por ningún motivo sentimental, sino por conveniencia. Amaya parpadeó, intentando no demostrar su sorpresa. —He leído y analizado sus respuestas y me han parecido… sinceras. Eso es algo que valoro. No estoy buscando a alguien que finja ser perfecta, sino a una mujer que entienda exactamente lo que este acuerdo implica. Hizo una pausa, observándola detenidamente. Amaya sostuvo su mirada, aunque sentía el corazón martillando en el pecho. —Dicho esto, necesito saber si todo lo que me contó en la entrevista es verdad. Quiero pruebas de que realmente necesita este dinero para su hermano. Amaya no dudó. Abrió su carpeta y sacó una serie de papeles que extendió hacia él. Álvaro los tomó y los revisó en silencio. Primero, la historia clínica de Lucas, luego las facturas del hospital y, finalmente, una carta del médico que explicaba la urgencia del caso. —Él está internado en el Hospital General —avisó Amaya, su voz tembló por instantes, pero con una sinceridad que no podía disimular—. Lo visito todos los días después de trabajar. Si quiere, puede confirmarlo. Álvaro levantó la vista de los documentos y la miró con una expresión indescifrable. Había algo en su tono que le hizo saber que no mentía. —¿En qué trabaja actualmente? —preguntó. —Soy mesera en una cafetería. Trabajo jornadas dobles cuando puedo para pagar lo básico. Álvaro dejó los papeles sobre el escritorio y se cruzó de brazos, evaluándola por un momento. —Eso tendrá que cambiar. Para que este acuerdo funcione, necesito que deje su empleo y se convierta en mi asistente personal. Amaya abrió los ojos, sorprendida. —¿Asistente personal? —Es la mejor manera de justificar por qué estaremos juntos tan seguido. Además, quiero que aprenda a manejarse en mi círculo social. Habrá eventos, reuniones, cenas. Necesitará prepararse para eso, y trabajando como mesera no tendrá el tiempo ni la energía para hacerlo. Amaya tragó saliva, procesando sus palabras. —Entonces… ¿Debo renunciar? —Sí —afirmó Álvaro sin titubear—. Su primer día como mi asistente será mañana. Al cabo de unos días, comenzaremos a salir en público. Haré que parezca que estoy interesado en usted. Al mes, la presentaré como mi prometida. La sencillez con la que lo decía la dejó desconcertada. Él hablaba de todo como si fuera un proyecto empresarial más, sin emociones ni dudas. Amaya asintió lentamente, aunque aún tenía preguntas. —¿Y… qué hay del contrato? Álvaro sonrió, pero fue una sonrisa fría, calculadora. —Un abogado lo redactará en los próximos días. Asegurará que ambas partes estén protegidas y que no haya malentendidos. Por supuesto, incluirá una cláusula de confidencialidad. Amaya sintió que la cabeza le daba vueltas, pero no tenía elección. —Entiendo. —Una cosa más —añadió Álvaro, inclinándose hacia ella—. Esto es un trato. No soy un hombre que permite errores ni juegos. Si en algún momento decide romper el acuerdo o comprometer la discreción, las consecuencias serán serias. ¿Está claro? Amaya lo miró fijamente, intentando no mostrar el temor que sentía. —Sí, señor Santibáñez. Álvaro asintió, satisfecho. Abrió un cajón del escritorio, sacó un sobre y lo colocó frente a ella. —Aquí hay una cantidad inicial. Úsela para alimentarse adecuadamente y cubrir los gastos inmediatos que tenga con su hermano. No estoy haciendo esto por caridad —añadió, apoyando los codos sobre el escritorio y entrelazando las manos—. Es una inversión. Necesito que esté en condiciones óptimas para interpretar este papel. No quiero una novia enferma. El rostro de Amaya se tiñó de rojo, pero no de humillación. Era una mezcla de indignación contenida y determinación. Apretó la carpeta contra su pecho por un momento, luego levantó la mirada, directa y firme. —Voy a aceptar este dinero, pero solo porque lo necesito —dijo, con una voz que no temblaba a pesar del nudo en su garganta—. Debe saber que no recibo limosnas, señor Santibáñez. Álvaro arqueó una ceja, sorprendido por la firmeza en su tono. —Yo puedo trabajar día y noche si es necesario para salvar a mi hermano. Si esto es un adelanto, quiero que quede constancia en el contrato. Cada centavo que reciba será estrictamente parte del acuerdo. Sus palabras resonaron con una dignidad que contrastaba con su apariencia humilde. Álvaro la observó en silencio por un momento, como si evaluara esa inesperada muestra de carácter. —Eso se puede incluir —respondió él, sin cambiar su tono neutral. Amaya asintió una vez, sin apartar la vista de él. Luego tomó el sobre, sosteniéndolo con ambas manos como si pesara más que su propio orgullo. —Gracias —añadió, esta vez con un tono que no era sumiso, sino respetuoso. —Una última cosa —dijo él, inclinándose hacia ella—. No olvide que esto es un papel. Mi reputación y mi futuro dependen de que lo interprete perfectamente. Amaya sostuvo su mirada, sintiendo el calor subirle al rostro. Pero su voz salió firme, cargada de determinación. —Lo interpretaré bien, señor Santibáñez. Por salvarle la vida a mi hermano, soy capaz de todo. Álvaro se recostó en su silla, observándola mientras guardaba el sobre en su carpeta y se dirigía a la puerta. Una leve sonrisa cruzó su rostro, apenas visible. "Capaz de todo… Veremos si es cierto," pensó. Mientras la puerta se cerraba detrás de ella, Amaya sintió un nudo en el estómago. Había aceptado, pero no podía sacudirse la sensación de que estaba a punto de firmar un trato con el diablo. ¿Sería esta su salvación... o su ruina?
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