Amaya se miró en el espejo por última vez antes de salir. Se había puesto lo mejor que tenía: un vestido gris de algodón que le quedaba justo por debajo de las rodillas. Aunque estaba un poco desgastado por el uso, era modesto y limpio. Había limpiado sus zapatos con esmero, aunque el cuero ya mostraba grietas por los años. Sabía que no podía competir con otras mujeres en cuanto a ropa o estilo, pero al menos quería parecer presentable.
Con manos temblorosas, recogió su cabello en un moño sencillo. Había considerado dejarlo suelto, pero temía que pareciera desordenado. Guardó en una carpeta los documentos más importantes: su hoja de vida, algunas referencias laborales y el informe médico de Lucas. "Por si acaso," pensó.
Respiró hondo y salió de su pequeño departamento, con el corazón latiendo rápido mientras tomaba un taxi hacia la dirección que le habían enviado.
El edificio era impresionante. Los enormes ventanales y la fachada moderna daban la impresión de que no pertenecía al mismo mundo que ella. Amaya se detuvo un segundo frente a las puertas de vidrio, sintiendo cómo el miedo y la inseguridad trataban de dominarla. Pero entonces recordó a Lucas, acostado en esa cama de hospital, conectado a las máquinas. Cerró los ojos y se dijo a sí misma:
"Esto es por él."
Entró al vestíbulo, que era amplio y reluciente, con pisos de mármol blanco y un mostrador minimalista donde una recepcionista impecablemente vestida atendía a los visitantes. Amaya se dirigió a la recepción y habló con voz baja.
—Buenos días. Vengo para la entrevista… con el poderoso magnate —susurró las dos últimas frases en voz baja.
La recepcionista la miró de arriba abajo, su expresión neutra pero ligeramente inquisitiva, como si evaluara si Amaya realmente pertenecía allí.
—Por favor, tome asiento en el vestíbulo. La señorita Isabel la llamará cuando sea su turno.
Amaya agradeció en voz baja y se dirigió al área que le habían indicado. Entonces las vio.
Había también cuatro mujeres esperando, todas vestidas de manera impecable y sofisticada. Una de ellas llevaba un ajustado vestido n***o que resaltaba su figura; otra lucía un conjunto rojo con tacones altos que parecían recién salidos de una tienda de lujo. Sus joyas brillaban bajo las luces del vestíbulo, y sus perfumes caros impregnaban el aire.
Amaya sintió cómo la inseguridad se apoderaba de ella. Bajó la mirada hacia su propio vestido gris y sus zapatos desgastados. Las otras mujeres la observaron con desdén, sus miradas cargadas de superioridad. Una de ellas incluso murmuró algo al oído de otra, que rio suavemente mientras la miraban de reojo.
Amaya tragó saliva, sintiendo que las palabras burlonas estaban destinadas a ella.
"¿Qué estoy haciendo aquí?" pensó, apretando la carpeta contra su pecho como si fuera un escudo. Buscó un rincón alejado y se sentó, tratando de ignorar las miradas.
El tiempo parecía avanzar lento. Amaya cruzaba y descruzaba las piernas, su mente llena de dudas. Sabía que no encajaba allí, pero no tenía otra opción. Este era su último recurso.
Una de las mujeres, con el cabello perfectamente peinado en ondas y labios de un rojo intenso, se inclinó hacia otra y murmuró con una sonrisa burlona:
—¿En serio creen que están buscando a alguien como ella? Parece más una sirvienta que una candidata.
—Seguro quiere salir de pobre —respondió otra.
Amaya escuchó los comentarios, aunque fingió no hacerlo. Cerró los ojos un momento, respirando profundamente. Recordó las palabras del médico:
"Sin esa cirugía, Lucas no sobrevivirá." Eso le dio la fuerza para seguir ignorándolas.
Poco después, una mujer alta, de traje beige y gafas elegantes, apareció en el vestíbulo con una Tablet en la mano.
—Señoritas, gracias por esperar. Por favor, les pido que sigan las indicaciones cuando se les llame por nombre.
La mujer consultó su Tablet y leyó en voz alta:
—Señorita Daniela Méndez, pase por aquí.
Una mujer de cabello rubio, vestida con un entallado vestido rojo, se levantó con confianza, lanzando una última mirada de superioridad hacia Amaya antes de seguir a la asistente.
Amaya observó cómo las candidatas eran llamadas una por una, siempre empezando por las que parecían más seguras de sí mismas y más impresionantes. Mientras tanto, permaneció sentada en su rincón, ajustándose el dobladillo de su vestido gris. Sentía que no tenía ninguna posibilidad contra mujeres como esas.
"Quizás ni siquiera lleguen a entrevistarme," pensó.
****
Dentro de la sala de entrevistas, Álvaro y Alfonso observaban desde detrás de un vidrio unidireccional. La habitación estaba diseñada para que las candidatas no pudieran verlos, mientras ellos evaluaban cada gesto y cada palabra. Alfonso sostenía una lista con las preguntas, mientras Álvaro permanecía en silencio, evaluando con mirada calculadora a cada mujer que entraba.
La primera en pasar fue Daniela Méndez. Caminó con una seguridad exagerada, casi como si estuviera desfilando. Se sentó y cruzó las piernas con elegancia, mostrando una sonrisa de comercial de televisión.
—Señorita Méndez, ¿por qué está interesada en este acuerdo y qué espera obtener de él? —preguntó Álvaro con voz firme desde el altavoz oculto en la sala.
Daniela sonrió ampliamente, inclinándose ligeramente hacia adelante como si estuviera coqueteando con el cristal oscuro.
—Es simple. Creo que este acuerdo es una oportunidad para ambos. Usted necesita a alguien que lo haga lucir bien en eventos sociales, y yo puedo aportar eso y mucho más. ¿Qué espero obtener? Seguridad y una vida estable. Algo que ambos podemos ganar.
Álvaro no respondió de inmediato. Desde su asiento, evaluó su tono exageradamente confiado y su postura calculada. Siguió con la entrevista, las respuestas no lo convencían. Finalmente, apretó el botón para dar por terminada su intervención.
—Gracias, señorita Méndez.
Daniela salió, luciendo aún más segura que cuando había entrado.
La siguiente candidata, Mónica Escalante, tenía una elegancia más medida. Su vestido azul eléctrico y su actitud sugerían una mezcla de profesionalismo y ambición.
—Señorita Escalante, ¿cómo manejaría la presión mediática o la curiosidad de las personas sobre nuestra relación? —preguntó Álvaro, evaluando cada palabra.
Mónica sonrió con confianza.
—Estoy acostumbrada a manejarme en círculos sociales exigentes. No creo que sea difícil mantener una imagen perfecta, siempre y cuando ambos tengamos claro el papel que desempeñamos. Seré discreta, pero también puedo asegurarme de que la gente vea lo que quiere ver.
Álvaro observó a Alfonso, quien se limitó a alzar las cejas como si la respuesta le pareciera adecuada, aunque predecible.
La tercera candidata, Lorena Guzmán, fue llamada poco después. Vestida con un conjunto n***o minimalista, parecía más nerviosa que las otras dos, pero intentaba mantener la compostura.
—Señorita Guzmán, ¿qué haría si alguien comienza a sospechar que nuestro matrimonio es un contrato y no una relación real?
Lorena se tomó unos segundos antes de responder.
—Bueno… creo que sería cuestión de mantener las apariencias. Siempre habrá rumores, pero mientras no haya pruebas, no hay nada que puedan confirmar.
Álvaro suspiró internamente. Era una respuesta correcta, pero no había nada en su tono o actitud que lo convenciera de que pudiera manejar una situación real de presión.
—Gracias, señorita Guzmán.
Cuando la asistente llamó a Amaya Ramírez, el contraste fue evidente desde el momento en que entró. Su vestido gris sencillo y sus zapatos desgastados la hacían destacar, pero no de la manera en que las otras mujeres lo habían hecho. Caminó con pasos cortos y nerviosos, sujetando su carpeta como si fuera lo único sólido en su mundo.
—Señorita Ramírez, tome asiento.
Amaya obedeció, sentándose con cuidado al borde de la silla. Su mirada se dirigió al cristal oscuro, aunque no podía ver a las figuras que la observaban desde el otro lado.
—¿Por qué está interesada en este acuerdo y qué espera obtener de él? —preguntó Álvaro.
Amaya respiró hondo antes de responder.
—Estoy interesada porque necesito el dinero para una cirugía urgente de mi hermano menor. No espero más que la oportunidad de ayudarlo y cumplir con las condiciones que usted establezca.
Su voz era baja, pero firme. Álvaro inclinó ligeramente la cabeza, intrigado por su sinceridad.
—¿Cómo manejaría la presión mediática o la curiosidad de las personas sobre nuestra relación? —continuó.
—Sería cuidadosa y respetuosa con su privacidad. Entiendo lo que implica mantener una imagen pública, y haría mi parte para que las cosas se vean naturales —respondió Amaya, bajando un poco la mirada al final, como si temiera haber dicho algo incorrecto.
—¿Qué haría si alguien comienza a sospechar que nuestro matrimonio es un contrato y no una relación real?
Amaya dudó por un momento, pero pronto alzó la vista hacia el cristal.
—Seguiría el acuerdo y no respondería a rumores. Creo que, si ambos actuamos con discreción, no tendríamos problemas.
Álvaro cruzó las manos frente a él. Había algo refrescante en su tono. Era directo, sin exageraciones ni pretensiones.
—Si este acuerdo requiere fingir afecto en eventos sociales, ¿se sentiría cómoda con eso? ¿Hay algo en particular que deba saber sobre sus límites?
Amaya apretó un poco más su carpeta.
—Estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para que el acuerdo funcione. En cuanto a los límites, creo que con una comunicación clara ambos podríamos establecer lo que se necesita.
Álvaro permaneció en silencio por un momento, como si evaluara sus palabras. Finalmente, hizo la última pregunta.
—¿Cuál sería su postura respecto a la intimidad dentro de este acuerdo?