Melody. Dejé los platos humeantes sobre la mesa de ébano. Desde el día en que llegué, me había encargado de la cocina, disfrutando de preparar las cenas para mis dos Daddys. Aunque cenábamos juntos casi todas las noches, ya fuera en el penthouse o en algún restaurante de lujo, siempre prefería la primera opción; cocinar me anclaba. Rara vez llegaban temprano debido a sus horarios, pero hoy, después de una larga y deliciosa sesión de besos y caricias en el sofá, me habían dado un respiro para que preparara nuestra cena. —Huele divino —Alen me abrazó por la espalda, su aliento cálido en mi cuello, mientras inspeccionaba la mesa—. Tienes unas manos maravillosas, igual que tu talento. —Gracias, Daddy —Acaricié sus manos sobre mi vientre—. Ya todo está listo. —Genial. Muero de hambre —Besó

