El Sueño y la Vigilia
Carol no apareció en mis sueños esa noche. Ni la siguiente. Aprendí rápidamente que los muertos no vienen cuando los llamas; solo cuando ellos deciden, o cuando tú ya no los necesitas.
Lo que tuve fue insomnio. Me quedé despierta hasta las tres de la mañana, mirando el techo del anexo, escuchando los ruidos de la mansión principal que se filtraban a través del jardín de invierno. Pasos. Una puerta que se cerraba. El murmullo de voces masculinas que no lograba descifrar.
Stefan no vino.
Me dije que me alegraba. Que su ausencia significaba que el "ritual" se había pospuesto, que tenía más tiempo, que podía respirar. Pero cuando finalmente me quedé dormida, cerca del amanecer, lo que encontré no fue descanso sino una especie de vigilia onírica: estaba en el salón de los espejos del Hotel Aurora, sola, mirando infinitos reflejos de mí misma. Todas con el cabello blanco. Todas con la misma expresión de espera.
Desperté con el sonido de la lluvia contra los cristales. Era sábado. No había Instituto. No había excusas para salir del anexo.
Rosa apareció a mediodía, sin avisar, como siempre. Traía una bolsa de tela con ropa que no reconocí —demasiado brillante, demasiado ajustada, demasiado viva para mí— y una determinación que me asustó más que cualquier amenaza del patriarca.
—Te estás pudriendo aquí —dijo, sin saludo previo—. Literalmente. Hueles a encierro y a miedo.
—No puedo salir —respondí, aunque no recordaba si esa regla existía realmente o si me la había inventado yo misma.
—Puedes y vas a hacerlo —Rosa dejó la bolsa sobre mi cama, sobre las sábanas que aún conservaban la forma del cuerpo de Stefan, aunque él no hubiera vuelo—. Oliver está afuera. En el coche. Y antes de que digas que no quieres verlo, deberías saber que ha estado llamando a mi casa todos los días desde que dejaste de ir al Instituto. Está desesperado, Eva. Y tú... tú necesitas verlo.
La bolsa contenía un vestido azul oscuro, casi n***o, de tela que brillaba sutilmente cuando la movía. No era mío. Probablemente era de Rosa, o prestado, o robado de algún lado. Me lo puso ella misma, con la eficiencia de una madre vistiendo a una niña recalcitrante, mientras yo permanecía inerte, como maniquí.
—¿Por qué haces esto? —pregunté, cuando ella comenzó a peinarme, tirando demasiado fuerte de mis enredos—. ¿Por qué no me dejas...?
—¿Morir en paz? —Rosa se detuvo, con el cepillo en alto—. Porque Carol ya lo hizo. Y no pude hacer nada por ella. Pero tú estás aquí, respirando, y mientras respires, lucharé contra ti misma si es necesario.
El club no era lo que esperaba. Pensé en algo oscuro, íntimo, con música que permitiera hablar. En cambio, era un antro de tres pisos en el centro comercial, con luces estroboscópicas que me hacían sentir que estaba teniendo una crisis de migraña, y música que vibraba en mis costillas con un ritmo que no podía seguir.
Oliver estaba en la barra, con una cerveza que no había tocado. Cuando me vio, algo cruzó su rostro —alivio, rabia, miedo, una mezcla que no supe descifrar— y luego caminó hacia mí con pasos que intentaban parecer seguros pero que tropezaban con el ritmo de la música.
—Pensé que no vendrías —dijo, gritando para hacerme oír.
—Pensé que necesitabas tiempo —respondí, y la acusación salió más afilada de lo que pretendía.
Oliver bajó la mirada. En la penumbra del club, con las luces cambiando de color cada dos segundos, parecía más joven, más vulnerable. El Oliver de los doce años, que me enseñaba a montar en bicicleta y lloraba cuando se caía.
—Mi abuela murió —dijo finalmente—. La semana pasada. No quería... no sabía cómo decírtelo. Después de Carol, pensé que sería demasiado. Que tú... que yo...
La rabia se desinfló tan rápido que me mareé. Extendí la mano, encontrando la suya entre nosotros, y la apreté. Estaba fría, temblorosa.
—Lo siento —dije, y las palabras fueron inadecuadas, siempre inadecuadas, pero era todo lo que tenía—. Oliver, lo siento mucho.
Nos quedamos así, tomados de la mano en medio de la pista abarrotada, mientras la música cambiaba de electrónica a algo más lento, más antiguo, una balada que reconocí de las radios de mi infancia. Rosa apareció de la nada —¿dónde había estado? ¿nos había estado observando?— con una sonrisa forzada y dos copas de algo burbujeante y demasiado dulce.
—Bailen —ordenó, empujándonos hacia el centro—. Ahora. O me bebo las dos.
Oliver me miró, preguntando sin palabras. Asentí, aunque no sabía si era a él o a la música o a la necesidad de dejar de pensar.
El baile fue torpe al principio. Él pisó mi pie; yo choqué contra su hombro. Pero luego, cuando la canción llegó a su estribillo, cuando Oliver puso su mano en mi cintura con la timidez de quien teme ser rechazado, algo cambió. No fue mágico. No fue como en las películas. Pero fue real. Su corazón latía contra el mío, acelerado. Su aliento, con olor a menta y a algo amargo, me hizo cosquillas en la sien. Y por un momento, un solo momento, no pensé en Carol, ni en Stefan, ni en el patriarca, ni en el cabello blanco que me convertía en señal de alarma ambulante.
Pensé en Oliver. En nosotros. En lo que podríamos haber sido.
—Eva —susurró, y su voz vibró contra mi clavícula—. ¿Qué te está pasando? De verdad. No me digas que nada. Te conozco. Sé cuando mientes.
Abrí la boca para responder. Para inventar algo, una excusa plausible, una tragedia menor que no involucrara pactos familiares ni bodas forzadas. Pero en ese instante, la música se detuvo.
No gradualmente. No con un fade out. Se cortó, abruptamente, y una voz —la del DJ, supuse, aunque sonaba demasiado grave, demasiado cercana— anunció algo sobre "problemas técnicos". La gente protestó, abucheó, comenzó a dispersarse hacia las barras o los baños.
Oliver no me soltó. Pero su cuerpo se tensó, y seguí su mirada hacia la entrada del club.
Stefan estaba allí.
No llevaba esmoquin, como habría esperado de alguien de su familia. Vestía de n***o, simple, informal, y aun así destacaba como una herida en medio de la multitud colorida. No estaba solo. A su lado había un hombre que no reconocí: alto, con cabello rubio que brillaba artificialmente bajo las luces de neón, y una postura demasiado relajada, demasiado segura, como si el club le perteneciera.
Stefan me vio. No hubo proceso de reconocimiento; sus ojos fueron directamente a los míos, como si supiera exactamente dónde estaría. Cruzó la pista con pasos que no se apresuraban ni se demoraban, que simplemente... llegaban. A mi lado. A nosotros.
—Debo llevarte a casa —dijo. No era una petición.
—Estoy con mis amigos —respondí, y mi voz sonó extraña, más alta de lo normal, desafiante.
Stefan miró a Oliver. Fue una evaluación rápida, clínica, el tipo de mirada que se da a un insecto interesante pero insignificante.
—El patriarca te espera —dijo, volviéndose hacia mí—. Mañana es el día. Necesitas descansar.
El día. El ritual. La consumación del pacto. Sentí que el suelo de la pista de baile se inclinaba bajo mis pies.
—¿Quién es este tipo? —Oliver se interpuso, con una mano en mi brazo, protector, posesivo—. Eva, ¿quién es?
Stefan no respondió. Esperó, con esa paciencia infinita que me volvía loca, a que yo misma lo dijera. A que pronunciara las palabras que lo convertirían en realidad.
—Es... —empecé, y la mentira se desintegró en mi lengua—. Es mi prometido.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Oliver retrocedió un paso, luego otro, como si mis palabras fueran físicas, golpes. Su mano se deslizó de mi brazo, dejando una marca de calor que se enfriaba rápidamente.
—¿Tu qué? —dijo, y la palabra sonió rota.
—Oliver, yo...
—¿Desde cuándo? —Su voz subió, aguda, histérica—. ¿Desde antes de...? ¿Mientras bailábamos? ¿Mientras te decía que mi abuela había muerto?
—No, eso es... no es lo que crees —tartamudeé, pero ¿qué otra cosa podía ser? ¿Cómo explicaba que era prisionera, que mi familia me había vendido, que el hombre que tenía delante no era un enamorado sino una sentencia?
Stefan tomó mi mano. No con fuerza, no para arrastrarme, sino con esa presión firme que había usado la primera noche, cuando solo quería dormir. Una presión que decía: estoy aquí. No estás sola. Aunque esto sea un infierno, lo compartimos.
—Debo llevarla —repitió Stefan, dirigiéndose ahora a Oliver—. Lo siento.
—No tienes derecho —Oliver se adelantó, con los puños cerrados, con el cuerpo inclinado hacia adelante como si fuera a atacar—. No tienes derecho a ella. No la conoces. No sabes lo que le gusta, lo que teme, lo que la hace reír.
—¿Y tú sí? —La pregunta de Stefan no fue agresiva. Fue genuina, casi curiosa, como si realmente quisiera saber la respuesta.
Oliver se detuvo. Su mandíbula trabajó, buscando palabras que no encontraba.
—Eva —dijo finalmente, sin mirarme—. Dime que no quieres ir con él. Dime que es una broma, una mentira, lo que sea. Y te saco de aquí. Ahora. No importa quién sea él, no importa qué diga.
Quise decirlo. Las palabras estaban allí, en mi garganta, listas para ser pronunciadas: sí, sácame de aquí, llévame lejos, sálvame.
Pero detrás de Oliver, vi a Rosa. Estaba quieta, con las copas olvidadas en la barra, con los ojos muy abiertos y muy húmedos. Y detrás de ella, en la penumbra de la entrada, vi al hombre rubio que había venido con Stefan. Sonreía. No era una sonrisa amistosa. Era la sonrisa de quien está viendo un espectáculo que supera sus expectativas.
Si decía que sí, si Oliver intentaba sacarme, ¿qué pasaría? ¿A quién dañaría mi rebeldía? ¿A Oliver, que no sabía en qué se estaba metiendo? ¿A Rosa, que ya había sufrido lo suficiente? ¿A mis padres, que aunque me hubieran traicionado seguían siendo mi familia?
El pacto no era solo una cadena. Era una red. Y cuanto más luchaba, más enredada me volvía.
—No puedo —dije, y las palabras me cortaron la lengua—. Oliver, por favor. No puedo explicarlo ahora. Pero no puedo.
Su expresión... no quiero recordar su expresión. La traición, la confusión, el dolor. Todo mezclado en un rostro que había conocido desde los cinco años, que había sido mi refugio, mi primer amor, mi posibilidad de normalidad.
—Entonces, no te conocía —dijo Oliver, y su voz era plana, vacía—. Nunca te conocí.
Se giró y se alejó, abriéndose paso entre la multitud que comenzaba a reunirse alrededor de nuestro drama. No miró atrás. Yo tampoco habría mirado atrás, en su lugar.
Stefan no dijo nada. Solo apretó mi mano, una vez, y comenzó a guiarme hacia la salida. Pasamos junto al hombre rubio, que nos observaba con esos ojos que ahora, de cerca, veía que no eran solo rojos sino de un color más profundo, más antiguo, como el óxido o la sangre seca.
—Interesante —dijo el hombre, con una voz que tenía un acento que no pude ubicar—. Muy interesante, Stefan. Tu pequeña prometida tiene más... profundidad de lo que esperaba.
Stefan no respondió. Su mandíbula estaba tensa, con una vena palpitando en su sien que no había visto antes. Nos pasó de largo, rápidamente, pero no antes de que yo sintiera la mirada del desconocido clavada en mi espalda, pesada, evaluadora, como si ya estuviera calculando cuánto valdría mi destrucción.
En el coche, Stefan soltó mi mano. No miró hacia mí en todo el trayecto de regreso al anexo. Pero cuando apagó el motor, cuando el silencio se cerró sobre nosotros como una campana de cristal, dijo:
—Mañana —repitió—. Después de mañana, todo cambiará. Para siempre.
—¿Para mejor o para peor? —pregunté, aunque no esperaba respuesta.
Stefan finalmente se giró. En la penumbra del coche, con la luz de la luna entrando por la ventana, su rostro parecía tallado en piedra, en hielo, en algo que no podía derretirse.
—Para diferente —dijo—. Eso es lo único que puedo prometerte.