Capítulo 1: El Olor a Flores y a Pavor
Todo empezó tres semanas antes de que Carol caminara hacia el altar. Tres semanas en las que el aire de nuestra casa dejó de oler a lavanda y pan recién horneado para convertirse en algo espeso, dulzón, casi nauseabundo. El olor de las flores que no dejaban de llegar.
Carol tenía dieciséis años y yo quince, pero a veces sentía que entre nosotras había siglos. Ella se movía por la casa con esa elegancia que nuestra madre intentó inculcarme durante años —hombros hacia atrás, barbilla paralela al suelo, pasos medidos— mientras yo tropezaba con mis propios pies y arrastraba los zapatos por los pasillos de madera. Carol era la primera hija. La importante. La que justificaba cada sacrificio, cada mirada orgullosa de nuestros padres, cada vez que mi madre decía "mira cómo lo hace tu hermana" con esa mezcla de admiración y reproche.
La envidiaba. Lo admito. Pero también la amaba con una intensidad que me asustaba, porque Carol era la única que me abrazaba cuando los celos me hacían sentir pequeña y mecia mi cabello hasta que me quedaba dormida.
Su boda se había adelantado siete meses. Nadie me explicó por qué, pero escuché fragmentos de conversaciones en la cocina: "el pacto", "no podemos esperar más", "la tradición". Palabras que resonaban en mi cabeza como campanas lejanas.
Esa mañana, el caos había invadido cada rincón de la casa. Los empleados corrían con arreglos florales que parecían demasiado pesados para sus brazos, mi tía gritaba órdenes sobre la disposición de las mesas, y alguien había roto algo de cristal en el piso de abajo, provocando un silencio momentáneo seguido de sollozos ahogados. Me quedé en la cama hasta que el bullicio se convirtió en un zumbido imposible de ignorar, hasta que sentí que las paredes se inclinaban hacia mí.
Necesitaba aire. Necesitaba a Rosa.
La cafetería de sus padres quedaba a quince minutos caminando, en el borde del distrito comercial donde las casas de ladrillo rojo daban paso a tiendas con escaparates empañados. Era mi refugio desde que tenía ocho años: el olor a café molido que se pegaba a la ropa, las mesas de madera desgastada por miles de tazas, el sonido constante de la máquina de espresso que ahogaba cualquier pensamiento demasiado ruidoso.
Pero no llegué.
En el parque de la plaza, justo donde el camino de grava se bifurcaba hacia el centro, los vi. Rosa y Oliver, sentados en el banco de hierro forjado bajo el roble viejo. Estaban inclinados uno hacia el otro, demasiado cerca, y el sol de la mañana iluminaba el perfil de Oliver de una manera que me hizo detenerme entre las sombras de un farol. Rosa reía de algo que él había dicho, y Oliver —mi Oliver, que nunca había sido mío pero que yo había reclamado en secreto durante años— le devolvía la sonrisa con esa facilidad que me destruía.
Los celos fueron físicos. Un nudo en la garganta, un ardor en las mejillas, las manos cerrándose en puños involuntarios. Quise girarme, correr, desaparecer. Pero Rosa me vio. Siempre me veía.
—¡Eva! —llamó, agitando la mano—. ¡Justo a tiempo!
Así que caminé hacia ellos. Como siempre lo hacía. Como si no sintiera que cada paso me acercaba a mi propia humillación.
Charlamos sobre nuestras vacaciones de verano, sobre nada importante. Oliver se reía con esa sonrisa torcida que descubría un hoyuelo en su mejilla izquierda, y yo reía con él, y por momentos lograba engañarme a mí misma. Lograba creer que era suficiente con estar cerca, con ser su amiga, con que su codo rozara ocasionalmente el mío mientras discutíamos sobre qué película ver esa noche.
Pero luego Rosa se inclinó para ajustarse el zapato, y Oliver se giró hacia mí, y por un segundo nuestros ojos se encontraron de una manera que me cortó la respiración. ¿Era imaginación mía, o había algo allí? ¿Algo que no era solo amistad?
—Debería irme —dije de repente, demasiado alto—. Mamá me necesita en casa.
Mentira. Mi madre no me necesitaba para nada.
Caminé de regreso por la ruta más larga, la que bordeaba el río, porque necesitaba tiempo para deshacer el nudo que Oliver había apretado en mi pecho. No presté atención a las raíces que asomaban entre las piedras del camino. No vi el charco de agua estancada, oscura, aceitosa, hasta que mi pie resbaló y el mundo se inclinó.
Caí de espaldas. El impacto me dejó sin aire, y el frío del agua me atravesó la ropa como una bofetada. Por un segundo, solo quedé allí, mirando el cielo gris, sintiendo cómo el agua sucia se filtraba entre mis omóplatos. Quise llorar. Quise quedarme allí para siempre, convertida en parte del paisaje, en otra mancha oscura en el camino.
—¿Eva?
La voz vino desde arriba. Oliver se inclinaba sobre mí, con el ceño fruncido en esa línea vertical que siempre aparecía cuando estaba preocupado. No había escuchado sus pasos. No había escuchado nada.
—¿Te lastimaste? —Su mano encontró mi cintura, firme, cálida a través de la tela mojada, y me ayudó a sentarme.
—Solo mi orgullo —logré decir, aunque mi voz sonía extraña, aguda—. Y posiblemente mi dignidad. Y tal vez mi... —Miré mi brazo. La piel estaba enrojecida, con pequeñas gotas de sangre surgiendo de un rasguño—. Sí, definitivamente mi brazo también.
Oliver sonrió. No la sonrisa torcida de antes, sino otra, más suave, casi triste. Se quitó el suéter —gris, de lana, con un agujero en el codo que yo le había señalado docenas de veces— y me lo puso sobre los hombros. Luego sacó su pañuelo, ese que siempre llevaba en el bolsillo trasero por alguna razón que nunca me explicó, y lo envolvió alrededor de mi herida con dedos cuidadosos que apenas rozaban mi piel.
—Deberías tener más cuidado —dijo, y sus ojos se encontraron con los míos un segundo más de lo necesario.
Quise decir algo inteligente. Algo que demostrara que no era solo una chica torpe que caía en charcos. Pero solo asentí, y él asintió, y nos quedamos allí, arrodillados en el barro, hasta que el viento cambió y trajo consigo el olor a lluvia inminente.
Me acompañó hasta la verja de mi casa. No hablamos mucho en el camino, pero su suéter olía a él —a jabón barato y algo más, algo que no tenía nombre pero que reconocería entre mil— y me envolví en esa fragancia como en una armadura.
La casa seguía en caos, pero ahora había algo nuevo en el aire. Una tensión que no había estado allí esa mañana. Subí las escaleras de dos en dos, ignorando la voz de mi madre que me llamaba desde el salón, y encontré la puerta de Carol entreabierta.
Estaba sentada en el borde de la cama, con el vestido de novia colgado en el maniquí frente a ella. No lloraba con sollozos, no hacía ruido. Las lágrimas simplemente corrían por su rostro en silencio, mientras sus manos se aferraban a un cojín bordado que nuestra abuela había hecho antes de morir.
—Carol —susurré, cerrando la puerta detrás de mí.
Se giró, y vi algo en sus ojos que nunca había visto antes. Miedo. Miedo puro, desnudo, el tipo de miedo que no tiene nombre pero que reconoces porque vive en tus propias pesadillas.
—Soñé... —Su voz se quebró—. Soñé que me ahogaba. Que estaba en el agua, y no podía salir, y alguien me observaba desde la orilla sin hacer nada.
Me arrodillé frente a ella, tomando sus manos entre las mías. Estaban heladas.
—Solo fue una pesadilla —dije, aunque las palabras sonaban huecas incluso para mí—. Los nervios. La boda. Todo estará bien, te lo prometo. Tú y Marcos serán felices.
Carol me miró, y por un instante vi en su rostro algo que me heló más que sus manos. Una certeza. Una resignación.
—Sí —dijo, y su sonrisa fue el gesto más triste que había visto en mi vida—. Eso espero.
Capítulo 2: Sangre en el Papel
La escuela era un refugio de rutina en medio del caos de mi casa. Los pasillos con olor a cera de piso, las voces de los estudiantes que resonaban en las paredes de ladrillo, la forma predecible en que las horas se sucedían una tras otra. Esa semana, sin embargo, yo estaba en otra parte.
Mi cuaderno de matemáticas estaba lleno de garabatos. Nombres escritos y tachados. Corazones que se transformaban en interrogantes. En el margen superior, había escrito "Oliver" trece veces, y cada vez lo había borrado parcialmente, dejando solo sombras de lápiz que parecían cicatrices en el papel.
Lo veía en cada rincón. En el pasillo, riendo con sus amigos del equipo de fútbol. En la cafetería, compartiendo sus papas fritas con cualquiera que se sentara cerca. En la biblioteca, donde supuestamente estudiaba pero donde yo lo había sorprendido más de una vez mirando por la ventana con una expresión que no supe descifrar.
Cada vez que su mano rozaba la de otra chica —Lucía, con su pelo rojo; o María, que se reía demasiado fuerte; o incluso Rosa, mi Rosa— sentía un dolor físico en el pecho. Un dolor que me avergonzaba, porque ¿acaso tenía derecho a sentirlo? ¿Acaso Oliver me había dado alguna razón para creer que podía ser mío?
No. Pero en el charco, arrodillado junto a mí, había visto algo. Estaba casi segura.
Esa tarde, el silencio en mi casa fue el primer aviso.
Normalmente, el mayordomo, Alfredo, nos recibía en la puerta con su sonrisa cansada y algún comentario sobre el clima. Esa tarde, la puerta principal estaba cerrada con llave, y tuve que usar la de servicio. Normalmente, mi padre leía el periódico en su estudio a esa hora, y podía escuchar el crujido del papel desde el vestíbulo. Esa tarde, el estudio estaba oscuro, vacío.
Encontré el periódico en el suelo del vestíbulo, como si alguien lo hubiera dejado caer y olvidado recogerlo. Lo tomé por inercia, pensando en llevarlo a mi padre, pero el titular de la primera plana me detuvo.
"Joven hallada sin vida en el bosque del norte."
La foto era en blanco y n***o, granulada, pero la reconocí de inmediato. Isabel Martínez. Estaba en mi clase de historia, tres filas detrás de mí. Siempre llevaba lazos rojos en el pelo y se mordía los lápices cuando estaba nerviosa.
El artículo decía que la habían encontrado cerca del arroyo que bordeaba el bosque. Que su cuerpo estaba pálido, demasiado pálido. Que no había sangre en la escena, aunque tenía heridas en el cuello que sugerían... el periodista no terminaba la frase. Decía que las autoridades investigaban "causas no naturales". Decía que los rumores hablaban de ataques de animales, de fanáticos, de cosas que la gente no se atrevía a nombrar en voz alta en plena luz del día.
Dejé el periódico en la mesa del vestíbulo. Mis manos temblaban.
Esa noche no dormí. Escuché cada crujido de la casa, cada rama que golpeaba contra las ventanas, cada silencio demasiado largo entre los latidos de mi corazón. Pensé en Isabel, en sus lazos rojos, en cómo nunca volvería a morderse un lápiz. Pensé en Carol, en su pesadilla del agua, en la forma en que había dicho "eso espero" como quien firma una sentencia.
El día de la boda amaneció gris. No llovía, pero el cielo pareía hecho de ceniza húmeda, listo para desmoronarse en cualquier momento. Me desperté antes del amanecer, con el vestido de dama de honor colgado en la puerta de mi armario como una amenaza.
La ceremonia sería al mediodía en la mansión Sued, pero los preparativos en nuestra casa comenzaron horas antes. Mi madre corría de un lado a otro con listas que n terminaba de leer. Mónica, mi hermana menor de doce años, se había escondido en el ático con su muñeca favorita, negándose a bajar. Y Carol... Carol estaba en su habitación, quieta como una estatua, dejando que la maquillista pintara su rostro de blanco y rosa.
Yo estaba en el salón principal, ajustando por tercera vez los centros de mesa que ya estaban perfectos, cuando lo sentí. Una presencia detrás de mí que hizo que todos los vellos de mi nuca se erizaran.
Me giré lentamente.
El hombre que me observaba no parecía real. Esa fue mi primera impresión. Demasiado alto, demasiado... definido. Su traje n***o parece haber sido cosido directamente sobre su cuerpo, sin una sola arruga. El cabello oscuro caía sobre su frente con una precisión calculada, como si cada mechón hubiera sido colocado allí con intención. Pero fueron los ojos lo que me atrapó. Un color que no supe nombrar —¿azul? ¿verde? ¿algo entre ambos que no debería existir?— que brillaban con una intensidad que no tenía sentido en la penumbra del salón.
—Disculpe —dije, porque no sabía qué más decir—. ¿Busca a alguien?
Por un segundo, algo cruzó su rostro. Sorpresa, quizás. O diversión. Luego inclinó la cabeza en un gesto que no era exactamente una reverencia, pero que sugería educamiento antiguo, de otra época.
—A mi hermano —dijo, y su voz era grave, con un acento que no pude ubicar—. Pero parece que se ha perdido en el laberinto de los preparativos.
—¿Su hermano? —repetí, estúpidamente.
—Marcos. El novio.
Antes de que pudiera responder —antes de que pudiera procesar que este hombre, esta presencia que llenaba el espacio de una manera casi agresiva, era parte de la familia que se llevaría a mi hermana— una voz llamó desde el otro extremo del salón.
—¡Stefan! ¡Aquí!
El hombre —Stefan— giró la cabeza. Su mandíbula se tensó casi imperceptiblemente, y por un instante vi algo en su expresión que me resultó extrañamente familiar. Resignación. La misma que había visto en Carol esa mañana en su habitación.
—Debo irme —dijo, y ya se alejaba cuando añadió, sin mirarme—: Le queda bien el azul.
No entendí a qué se refería hasta que miré hacia abajo y vi mi vestido, el que había elegido esa mañana sin pensar mucho, de un azul pálido que mi madre había dicho que me hacía ver pálida.
Cuando levanté la vista, Stefan Sued había desaparecido entre los invitados. Pero su presencia persistía, como una marca en el aire, como el eco de una pregunta que no había sido formulada.
—¿Quién era ese? —preguntó Rosa, que apareció a mi lado sin que la escuchara llegar.
—Stefan —dije, probando el nombre en mi lengua. Sabía extraño. Importante—. El hermano menor de Marcos.
Rosa siguió mi mirada hacia donde él había desaparecido.
—Guau —dijo simplemente.
Pero yo no estaba pensando en su apariencia. Estaba pensando en la forma en que me había mirado, como si me conociera de algún lugar. Como si estuviera esperando algo que yo aún no sabía que debía dar.
En algún lugar de la casa, Carol se estaba vistiendo de novia. En algún lugar del jardín, Marcos Sued esperaba. Y yo, Eva Viloria, de quince años y corazón confuso, sentí que algo estaba comenzando. Algo que no podía nombrar pero que olía a peligro y a promesas rotas.
Algo que, sospechaba, cambiaría todo.