Como ya era costumbre en los fines de semana, ocupé casi todo el domingo intentando ordenar la casa junto a los demás, ya que ésta estaba hecha un caos. Y a pesar de que éramos casi diez personas conviviendo en la misma fraternidad, nos llevó un buen par de largas y tediosas horas dejar el lugar en condiciones nuevamente. Bolsas y bolsas de basura, residuos varios y vasos plásticos por todo el piso. Y todo aquello, sin siquiera contar la cantidad de ropa y cosas sin sentido que las personas ebrias se olvidaban desvergonzadamente por todo el lugar. Por suerte, para cuando llegó el atardecer, nos encontrábamos terminando. De hecho, por mi parte me encontraba barriendo el suelo cuando vi aparecer a Christopher por la puerta de entrada con guantes de látex y más bolsas de basura para llenar.

