Capítulo 3 ( Parte 4)

1078 Palabras
Un escalofrío recorre la vasta sala. Mis manos empiezan a temblar. —Tatyana. —La voz de Román me saca de mi trance—. ¿Quieres un trago? Al menos toma agua. Pareces pálida. —Yo… siempre me veo así —respondo, con la garganta tan seca que cruje. —Es la lucha rusa —bromea Román, acercándose con un vaso alto. —Yo… eh… gracias. —Tomo el vaso y me bebo el agua de un solo trago. Dios, tenía más sed de la que pensaba—. Espera, ¿cómo supiste que soy rusa? —Está escrito en todo tu rostro. Antes de que pueda secarme el agua de los labios, Román me toma del mentón. Por alguna razón, todo mi miedo y mis dudas se hunden en esa enorme palma suya. Cierro los ojos cuando su pulgar traza una línea suave por mi mejilla. Entonces, su agarre se endurece, y despierto de golpe. —¿Cómo es que una chica rusa como tú no sabe nada sobre la Bratva? Sosteniendo el vaso vacío con la punta de los dedos, intento retroceder, pero Román no me suelta. Una oleada de temor totalmente nueva pulsa en mi interior. —Yo… eh… No crecí en la… ¿cómo se dice…? —¿La comunidad rusa? —Sí. Gracias. —¿Por qué no? Toso, y un poco de agua me resbala por la barbilla. Román suelta mi mandíbula para limpiarla con el dorso de los dedos. —Mi… mi madre murió cuando yo era pequeña, y mi padre me abandonó poco después —explico, carraspeando mientras retrocedo—. He estado sola desde entonces. Entrando y saliendo de hogares de acogida, luego entrando y saliendo de… —me detengo. No puedo contarle demasiado. Este hombre es más peligroso de lo que creía. Y no solo por quién es. Es por lo que me hace sentir. Ya extraño el calor de su mano exigente sobre mi mandíbula. Podría aplastarme… y la sola idea hace que mis dedos de los pies se encojan, no solo por miedo. La mitad de mí quiere huir. La otra mitad quiere correr directo hacia él. Podría protegerme de los horrores de este mundo… o ser mi peor pesadilla. ¿Qué estoy dispuesta a arriesgar para descubrirlo? —Qué lástima —musita Román. Cuando da un paso adelante, me sobresalto. Pero solo se inclina para quitarme el vaso. —Probablemente debería volver abajo —murmuro débilmente—. De verdad agradezco que me hayas ayudado y todo eso… —Las chicas con las que viniste —me interrumpe Román—. ¿Quiénes son? Se gira y coloca el vaso sobre su escritorio. Mi cuerpo entero se tensa. —¿Ellas… qué? ¿Por qué? —No parecen de tu estilo —dice—. Esa rubia… la de lentejuelas… —Ah —farfullo, sintiendo cómo se me cae el alma—. Ella. De repente, todo tiene sentido. Román no está interesado en mí. Solo me está usando para llegar a mi amiga más bonita. No sería la primera vez. Mierda. De repente, mi miedo se convierte en algo más. De hecho, diría que estoy jodidamente furiosa. Nadie jamás había intervenido por mí como lo hizo Román abajo. Luego, me hizo sentir especial—aunque muerta de miedo también—al traerme aquí, como si fuera la única mujer en el mundo. ¿Y para qué? ¿Para conseguir el número de Polina? —¿Por qué estás aquí con ella? ¿Con alguna de ellas? —insiste Román. Pero ya estoy harta de esto. Y de él. —Son mis amigas —digo, sacudiendo la cabeza—. Mira, tengo que irme. No debería estar aquí. —Bien,— asiente. —Mira, no estoy insultándolas. Solo digo que estás fuera de su liga. Me detengo en seco y me giro. —¿Estás bromeando, verdad? Mira, si quieres que te la presente, solo dilo. Estoy segura de que a ella le encantaría conocer a un chico como tú. Él arquea una ceja. —¿Qué quieres decir con “un chico como yo”? Hago un gesto de arriba abajo frente a él. —Rico. Exitoso. Influyente. Peligroso. Sonríe de lado. —¿Peligroso? ¿Yo? Mi rostro se calienta de vergüenza, enojo y arrepentimiento. Está jugando conmigo. Pero yo no soy una muñequita. Puedo salir de aquí por mi cuenta. —Gracias por el trago. Nos vemos. Me doy la vuelta para irme, pero apenas parpadeo y ya está frente a mí. —No. No te vayas, pequeño ciervo,— dice, casi como una orden. —No estoy interesado en tu amiga. Estoy interesado en ti. —No juegues conmigo, ¿ok? Ya he tenido suficiente… Antes de que pueda esquivar su brazo, él atrapa mi rostro entre sus manos y aplasta sus labios contra los míos. Ocurre tan rápido que no lo proceso de inmediato. Para cuando lo hago, él se aparta. —¿Eso fue suficiente para convencerte? Intento responder, pero al abrir la boca, no puedo. El sabor de sus labios aún persiste en los míos, vibrando como una fina capa de electricidad. Mi corazón martillea. Mi estómago revolotea sin control. —¿Qué… qué está pasando?— logro murmurar al fin. Me llevo un dedo a la sien, tratando de recuperar la compostura. Pero Román no me da ni un segundo para pensar. —Estoy demostrándote quién soy.— Se acerca de nuevo, pero esta vez, mucho más despacio. —Y ya no necesito demostrarle nada a nadie.— Su imponente presencia me envuelve. —¿Entonces por qué a mí? —Porque quiero que seas digna. Su mano se desliza hasta la nuca y me sostiene en su sitio, con sus labios a un suspiro de los míos. —¿Digna de qué? —De mí. Un jadeo se escapa de mis labios. Los de Román rozan mi piel mientras inclina mi cabeza a un lado, exponiendo mi garganta. El calor de su aliento casi me hace sollozar. Lo deseo. Lo deseo con desesperación. Pero tengo miedo. —Dime que pare y pararé, ángel,— gruñe. —Puedes cruzar esa puerta y no volver a verme jamás. Pero… ¿es eso lo que realmente quieres? Mi respuesta llega sin pensarlo. Estoy tan perdida en una bruma de deseo ardiente que podría sofocarme y no me importaría. —… No. —Esa es mi buena chica.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR