Román Gimo y apoyo mi rostro en mis manos. —No me digas. —Esta vez fue la Bratva Karandashov— gruñe Viktor. —Amarrados y quemados vivos en una casa en Michigan City. Sin tarjeta de presentación. Sin marcas. Nada. —Eso hace cuatro en menos de dos semanas— nota Fyodor. —Debes responder, Pakhan. Necesitamos enviar un mensaje. —¿A quién?— rugo. —Todavía no sabemos con quién o qué estamos lidiando. —A la ciudad— refunfuña Viktor. —A cualquiera que escuche. Esto no puede ser tolerado. —No— me levanto y niego con la cabeza, desesperado por mantener la calma. —Quienquiera que esté jugando con nosotros quiere que reaccionemos. Quieren que cometamos un error. Esa es la única forma en que pueden ganar. Necesitamos esperar hasta que sepamos quién es el enemigo. —¡Estoy harto de esperar!— grita

