CAPÍTULO 53 – SAÚL La tarde cae despacio sobre Castellón, tiñendo el cielo de un naranja cálido que entra por las ventanas y convierte cada sombra en algo amable. Es uno de esos atardeceres que parece que lo curan todo, pero a mí solo me calma a medias. No dejo de sentir ese nudo persistente en el pecho, esa sensación de estar viviendo dos vidas a la vez: la que muestro, perfecta y familiar… y la otra, la que guardo escondida en recovecos que nadie debería ver. Después de la batalla habitual para que los niños se laven los dientes, se pongan el pijama y se decidan por un solo cuento, los tres se acurrucan en la cama grande. Quique se trepa sobre mis piernas, Izan se pega a Laura como si temiera que desapareciera, y Ashier se duerme casi de inmediato apoyado en mi brazo. Laura lee, su vo

