CAPÍTULO 39 – Silencios que queman Volví a casa con el corazón retumbándome en el pecho. Traté de normalizar mi respiración antes de abrir la puerta, pero mis manos temblaban. Había visto demasiado en aquel polígono abandonado, demasiado como para poder fingir tranquilidad. Y aun así… tenía que hacerlo. Por ella. Por los niños. Por todo lo que estaba en riesgo. Metí la llave en la cerradura, inhalé hondo y entré. —Ya he llegado —dije con la voz más neutra que pude sacar. Laura apareció desde la cocina con el pelo recogido y una camiseta vieja que le quedaba enorme, una de esas que siempre me han parecido más hermosas que cualquier vestido. Me miró. Y su mirada, tan simple, tan humana… me atravesó como un cuchillo. —¿Todo bien? —preguntó con un tono casual, pero sus ojos buscaban algo

