DYLAN Después de darme cuenta de que intentar entrar sin una tarjeta de acceso sería inútil, volví a mi oficina. Mi padre se había asegurado de restringirme el acceso, pero no todo estaba perdido; al menos ahora sabía dónde se encuentra oculta la toxina. Al llegar a mi oficina, me encontré con una montaña de papeleo que me hizo sentir como Mike Wazowski. A pesar del aburrimiento, decidí sacudirme la pereza y acelerar el trabajo, pues moría de ganas de ver a mi sandía amarilla. —Joven Dylan, el señor Álvaro, le espera en su oficina —informa su secretaria. —¿Y ahora qué quiere? —replique con flojera. —No le sé, joven —responde, sin decir más. Me vi forzado a dejar mi papeleo, y dirigirme a la oficina de Álvaro. Al entrar, Álvaro estaba sentado detrás de su escritorio, con el ceño f

