DYLAN.
—No lo creo, hermano —comentó Max, con una mezcla de incredulidad y curiosidad en su tono.
—Era de esperarse, recuerden que es la chica nueva —agregó John con una sonrisa ladeada, como si todo tuviera sentido ahora.
—¿Qué quieres decir con eso, viejo? —replicó Max, levantando una ceja, esbozando una risa burlona.
Mientras ellos discutían, mis ojos siguieron a Lucy, que entraba al comedor con una sonrisa radiante junto a Emma. Su alegría era casi contagiosa hasta que, de repente, chocó con Darla, desencadenando un pequeño caos. Darla, con quien tengo un asunto sin resolver, parecía incómoda, y pude notar la incomodidad en su mirada.
Los chicos, que aún charlaban, dejaron de hacerlo al notar a las chicas. Me levanté con intención de ayudar a Lucy, pero Dante fue más rápido. Mis pasos frenaron en seco mientras lo veía llegar hasta ella.
Con gesto decidido, Dante ayudó a Lucy, ofreciendo su chaqueta de inmediato. La chaqueta cubrió rápidamente la blusa de Lucy, que había quedado mojada y revelaba más de lo que probablemente quería mostrar.
—¡Eso fue a propósito! —protestó Emma, fulminando con la mirada a Darla.
—¡Claro que no! Esta blusa me costó mucho como para ensuciarla a propósito —replicó Darla, cruzando los brazos con gesto ofendido.
—Déjalo así —dijo Lucy, tocando suavemente el brazo de Emma para calmarla—. Solo ten más cuidado la próxima vez —agregó, dirigiéndose a Darla con tono conciliador. Darla, aún molesta, se alejó sin más.
Dante tomó la bandeja caída y, de manera protectora, caminó junto a Emma y Lucy de regreso al bufé. Antes de seguir, Lucy me miró directamente a los ojos. Una conexión fugaz y silenciosa que me dejó sin aliento. Sentí cómo un ligero suspiro escapaba de mí, deseando que no se notara mi sorpresa.
La vi irse con Dante, un golpe inesperado de celos que no pude explicar. Apenas llevaba dos días conociéndola, y, sin embargo, algo en ella me había atrapado de manera irreversible.
Decidido a no quedarme con este sentimiento incómodo, me inclinaba por resolver otro asunto pendiente. Fui tras Darla.
—¡Espera! Tenemos que hablar —le dije, deteniéndola suavemente por el brazo.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? ¡Suéltame, me lastimas! —exclamó, frunciendo el ceño.
—¿Por qué permitiste que publicaran mi foto? —fui directo al grano, con una mezcla de frustración y necesidad de respuestas.
Darla formaba parte del comité que controlaba toda la información que se difundía en la escuela. El chisme, para mí, era lo menos importante; lo que realmente me afectaba era la imagen en la portada del boletín. ¿Cómo se atreven a involucrar a mi padre en esto?
Dejo claro que es la reina de las exclusivas y, aparentemente, del drama; me lanzó una mirada irónica.
—¡Relájate! Solo es una foto —me dijo con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
—Sería prudente que pararás aquí, si no quieres que sea el peor de los patanes que hayas conocido —advertí, impidiendo que la ira se filtrara en mi voz.
Ella recordó con picardía nuestras recientes intimidades, su tono se volvió seductor e hiriente a la vez.
—¡Qué ironía, no! Hace unos días me lanzabas amenazas de otra manera, con esa lengua, y ahora lo haces verbalmente.
No podía negar que nuestra intimidad era genial. Pero mi padre era otro tema.
—Puedes decir lo que quieras de mí, pero a mi padre lo dejas fuera de esto. No colmes mi paciencia, Darla —dije, intentando mantener la compostura.
Sin embargo, ella parecía disfrutar de desarmarme. Me besó súbitamente, como si ese acto pudiera borrar mi disgusto. La aparté inmediatamente, el sabor de su labial todavía en mis labios.
—¡Jugaste conmigo, Dylan! Así como lo hiciste con las demás… Olvidaste que yo no soy como ellas —dijo antes de realizar un gesto altivo con su cabello y desaparecer de la escena.
Quedé allí, hirviendo por dentro, sabiendo que esto no terminaría tan fácilmente.
Regresé a la cafetería con los chicos, donde Lucy ya estaba sentada con nuestro grupo de amigos. Esta vez, llevaba puesta la chamarra del número siete. Al tomar asiento, la miré directamente, y aunque ella sonreía, no pude devolverle la sonrisa. Mis ojos buscaron los suyos, pero pronto los esquivé.
Estaba molesto, aunque no sabía si era por lo que Darla había dicho o por el rumor sobre Lucy. Quería preguntarle, escuchar de sus labios, que todo eso era mentira. Pero, ¿quién era yo para cuestionarla? No significaba nada en su vida.
El almuerzo se enfrió en mi bandeja, al igual que mi ánimo.
Me levanté con la excusa de que tenía cosas por hacer, y salí sin mirar a Lucy, dirigiéndome al único rincón tranquilo de la escuela. Allí, encendí un cigarrillo, exhalando mi enojo junto al humo. Estaba casi terminando cuando escuché su voz.
—No pareces del tipo que fuma —comentó Lucy, sentándose junto a mí. Evité mirarla; el color rojo de la chaqueta de Dante no le sentaba bien a sus ojos ni a mi corazón.
—Solo en ocasiones —respondí sin darle la cara.
—¿Cómo está…? Los chicos piensan que estás así porque rompiste con Darla —dijo. Y aunque no era cierto, me incomodaba.
—Los chicos siempre tienen algo que decir, igual que el rumor de que aceptaste salir con Dante —solté incapaz de contenerme. Necesitaba saber de sus labios la verdad.
—Así que ya lo saben —respondió sin sorprenderse.
—Sí, así que saldrás con él. —Inhalé una última bocanada del cigarrillo, esperando su respuesta.
—Solo iremos por un helado —sus palabras se clavaron en mi pecho, reafirmando mi decisión de alejarme antes de hacer algo que pudiera arruinarlo todo.
—¡Ah! Pues, bien por ti… es tarde, debo irme —dije, tomando mi mochila con prisa. Pero justo cuando me giraba para irme, sentí su mano detenerme.
—¡Espera! —pronunció con suavidad, y nuestros ojos se encontraron. Por dentro, me desarmaba con esa mirada que siempre tenía poder sobre mí. Me quedé inmóvil, ella todavía sujetando mi mano.
—Por favor… —pidió, y esa simple súplica, acompañada de su mirada, era suficiente para doblegarme. No podía resistirme cuando me miraba así. Permanecí en silencio mientras se ponía de pie, aun sin soltar mi mano.
—Solo quería disculparme por los comentarios de mi madre. Estaba molesta —dijo ella, sus ojos buscando los míos con una mezcla de ansiedad y sinceridad.
—Descuida, no tienes que disculparte por ella —respondí nervioso, sintiendo cómo sus dedos se entrelazaban con los míos. La calidez de su mano hacía que mi corazón latiera con más fuerza.
Camina junto a mí, sin soltarme, como si este momento pudiera durar para siempre.
—Pensé que estabas molesto conmigo por lo de mi madre, pero luego escuché lo de Darla. Aun así, quería aclararlo —su voz, un murmullo entre el crujir de las hojas bajo nuestros pies.
—¿Lo de Darla? Bueno, ya la conoces, ahora sabes por qué no funcionó. —Había un aire de complicidad en el ambiente, un entendimiento sin necesidad de palabras.
—Sí, las chicas ya me lo contaron —respondió, sonriendo ligeramente.
—¡Las chicas te lo contaron! Les temo a las chicas —bromeé, intentando relajarme.
—¡No deberías! —rio ella, sus ojos chispeando—. Además, fueron los chicos los que hablaron bastante.
Nuestras miradas se cruzaron, nuestras manos seguían unidas, como dos imanes, atrayéndose con una fuerza invisible que nos mantenía atados.
—El rojo de esa chaqueta no va con el verde de tus ojos —dije con ansias de quitársela y ver qué había debajo.
—¡Lo sé! Además, creo que mi vestido ya se secó —respondió, tocando su pecho.
Solté su mano para quitarle la chaqueta, notando cómo su cuerpo se tensaba bajo mi toque. Sus ojos esquivaban los míos, un juego de ansiedad y deseo. Retiré la chaqueta de Dante lentamente, como si cada movimiento pudiera romper el hechizo.
Mientras le acomodaba el cabello suelto, sentí la suavidad de su piel caramelo, un segundo fugaz que me dejó la piel de gallina. Justo en ese instante mágico, sonó la chicharra interrumpiendo nuestro mundo.
—¡Debemos regresar! —anunció ella abruptamente.
—¡Claro! —respondí mientras le devolvía la chaqueta de Dante, luego tomó mi mano de nuevo y caminamos juntos hacia el primer corredor.
—Debo ir a la biblioteca primero. ¡Te veo al rato en el club! —se despidió de mí con una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor.
Me dirigí tranquilamente hacia mi aula, sintiéndome afortunado por ese momento que compartimos.
—Así que tú también tienes interés en la becaria —comentó Zoé, la novia de Christopher, interrumpiendo mis pensamientos.
Zoé había ganado popularidad el año pasado al cantar como un ángel en un musical, y su belleza natural casi rivalizaba con la de Lucy. Aunque alguna vez me llamó la atención, nada se compara con lo que Lucy me hace sentir. Hasta cierto punto me desconozco.
—¿A qué te refieres con “yo también”? —pregunté, sorprendido.
—Dante, Christopher y ahora tú, todos tras la becaria, justo cuando las chicas suspiran por pasar tiempo contigo —respondió con un tono coquetón.
—¿De qué estás hablando? —inquirí, aún más confundido, aunque había notado algunas miradas curiosas de las chicas esta mañana, no les había dado mayor importancia.
—Comentan que eres un excelente partido, y algunas están intrigadas por lo que dicen de ti y la rudeza que utilizas en la cama —dijo acercándose demasiado y comportándose de manera inapropiada. Si no la detengo, hubiera cometido falta.
—Mantén las manos quietas, no querrás que Christopher te vea coqueteando conmigo —respondí, apartando sus manos con cuidado, antes de que sus manos llegaran al combo. Trató de no faltarle al respeto, no me quiero ver envuelto en otro problema.
Ella soltó una risita, pero sus ojos reflejaban cierta frustración. —¡Ay, por Dios! No te preocupes, por Christopher. En este momento, él y Dante están haciendo una apuesta para ver a quién le hace caso, la becaria —dijo, conteniendo sus lágrimas.
—¡Lucy! Su nombre es Lucy, y quiero saber de qué apuesta hablas —pregunté algo molesto, sin importarme que Zoé estuviera al borde del llanto.
—Escuché a Christopher decir que la quiere para él —confesó llorando—. Dante le dijo que no, que primero tenía que estar con él y que después intercambiarían sin problema. ¡Te das cuenta de lo estúpida que fui! Solo fui su diversión —sollozó incontrolablemente, lo cual me hizo sentir realmente mal.
Zoé cubrió sus ojos y se recargó en mi pecho. No le negué el abrazo; sabía que lo necesitaba. Pero, como siempre, estaba a punto de meter la pata.
Mientras rodeaba su espalda con mis brazos, levanté la vista y encontré el verde opacado de sus ojos mirándome. Me sostuvo la mirada por unos segundos antes de marcharse abrazando sus libros. Sentí el impulso de ir tras ella, pero una idea mejor cruzó por mi mente: un plan para arruinarle los planes a Dante y Christopher.
—Escucha, si realmente quieres vengarte de ellos, díselo a Lucy. Arruina sus planes. Nada les dolerá más que el rechazo de una chica —le aconsejé, decidido a evitar que Lucy cayera en ese tipo de enredos. Luego, tendría que ver cómo me las arreglo para explicar el abrazo con Zoé.
Una vez que Zoé se calmó, regresé a mi salón de clases.
—¡Oye, viejo! ¿Dónde te metiste? —preguntó Max, tan pronto me vio.
—Fui por un cigarrillo —respondí, intentando sonar casual.
—¡Da igual! Iremos esta noche al club —anunció, como si fuera una novedad.
—Sí, Lucy, ya me lo había dicho —comenté.
—¡Lucy, eh! —bromeó Max, evidentemente divertido por mi reacción.
No pude evitar sonreír, a pesar de mis intentos de mantenerme serio.
—¡Oye, viejo! Es broma, ¿cierto? —preguntó Max al ver mi sonrisa.
—¿Y qué si no lo es? —le respondí con una sonrisa llena de misterio.
—¿Estás bromeando? Es una becaria —dijo con un tono serio, dejándome completamente desconcertado. Después de todo, él también es un becario.
—¿Y qué con eso? ¡Tú también eres un becario viejo! No me vengas con eso, ahora —exclamé, tratando de mantener mi voz firme.
—Yo solo soy tu amigo, por eso no hay problema. Pero si fuera una chica, créeme, ya no seríamos amigos —explicaba. Su voz volvía al tono paternal que tanto me irritaba.
—Si fueras una chica, yo sería tu funda —dije, intentando encender el ambiente con un poco de humor. Él soltó una risa espontánea, una de esas que ilumina los ojos y hace olvidar el momento.
—Solo espero que hayas entendido lo que quiero decir —dijo, regresando a su tono moralista.
Entendí el mensaje con claridad, pero no dejaba de molestarme. Lo que él no sabe es que, para mí, el amor no entiende de jerarquías ni de cuentas bancarias. ¿Quién dice que no puedo amar a una becaria? ¿Quién le pone etiquetas al corazón? ¿Quién llena de prejuicios la palabra “amor”? Me gustaría conocer a esa persona, hablar con ella y decirle que deje de opinar…
“Extraño el océano de tu piel, un mar no navegado.
Anhelo ser yo, donde tus ojos hallen el amor deseado”.
Con amor, Dylan.