Él le sujetaba de la mano como a una niña pequeña mientras le guiaba el camino hasta su alcoba, las manos que le sudaban le produjeron un intenso escalofrío a Emille, quien tuvo que tragarse los comentarios al respecto para no echar a perder la misión que Symond le entregó para poder salir todos libres.
Mientras caminaban trataba de memorizar los pasillos, habían subido escaleras en espiral y luego girado dos veces a la izquierda y tres a la derecha. Los pasillos eran con techos altos y muchísimas habitaciones, probablemente donde dormían los otros guardias.
— ¿Qué estás haciendo, Hugo? — Alguien los detuvo hablándoles a las espaldas, otros dos guardias estaban apuntándolos con sus espadas y los rostros no se les veía debajo de aquel escudo. — Ella es una prisionera.
Quien a su parecer era Hugo le apretó la mano y de un tirón la colocó detrás de regordeta y sudorosa espalda. — El jefe la pidió exclusivamente para llevarla a su cuarto de juegos.
Cuando mencionó aquella palabra todos se paralizaron y sus miradas pasaron a ser de lástima para Emille. — Bien, le diremos a la jefa de limpieza que pase luego a limpiar lo que quede de la señorita.
— ¿Disculpe? — Hugo le cubrió la boca para que no siguiera hablando, de nuevo poniéndose en el medio para que no volviera a interrumpir la conversación.
— Entonces nos vamos.
Los dejaron seguir caminando. — ¿Qué es el cuarto de juegos?
Él, en lugar de responderle se echó a reír con descaro. — El día en que lo sepas vas a tener que morir de la peor manera posible.
— No te olvides de nuestro trato. — Emille se adentró a su habitación, el interior era rústico y no habían muchas cosas, todo era bastante sencillo, una cama, un escritorio y un armario de madera. — Te doy una noche de placer y tú me sacas de aquí.
— Sí, lo sé. Voy a cumplir lo que prometí.
Pero Emille estaba perfectamente consciente de que no iba a hacer así. Con cuidado se quitó el vestido, arrojándolo al suelo y caminando lentamente hacia aquel hombre. Quien no tardó demasiado en empezar a tocarla. — Bien, relájate un poco ¿Si?
Lo fue conduciendo hasta la pequeña cama, trató de no reírse cuando cayó debido a su enorme peso. Pero no tardó demasiado en subírsela encima. — ¿Sabes qué haría esto más divertido? Un juego erótico.
— Me gusta como piensas ¿Qué tengo que hacer? — Emi cortó una tira de una camisa que estaba en el espaldar, la que usó para vendarle los ojos. — Nunca había hecho algo como esto.
— ¿De verdad? ¿Cómo es posible si eres tan guapo? — Miró a los alrededores, necesitaba ubicar en dónde tenía las llaves de la celda. — Oye, Hugo. ¿Alguna vez has escuchado el excitante sonido de unas llaves tintineando mientras tienes los ojos vendados?
— ¿Es bueno?
— Lo mejor de la vida. ¿No tienes algunas llaves de casualidad? — Lo vio señalando el escritorio, ahora que se fijaba bien tenía varios compartimientos. — Espérame aquí ¿Si? Las buscaré y luego vendré a… Hacer cosas sucias.
¿Cómo qué? No tenía idea.
Con cuidado se deslizó fuera de la cama, el frío le llegó a los pies cuando tocó el suelo descalza. Se movió rápido hacia el escritorio, dentro de los cajones había montones de papeles y uno que otro cigarrillo. Tuvo que hurgar entre ellas y hacer todo eso de lado. — Bingo. — Un mazo de tres llaves grandes.
— ¿Las conseguiste?
— ¡Sí! A-ahí voy.
Tomó su vestido tirado en el suelo, aquel hombre se rascaba la panza de manera distraída, estaba actuando demasiado confiado y de cierto modo le preocupaba. Emi se dirigió de manera sigilosa hasta la puerta de madera, pero al halarla simplemente no abrió. — ¿Qué demon…? ¡No!
— ¿Creíste que te la iba a poner fácil? — Apareció detrás de ella, Emille sudó frío. — Ya que no quisiste por las buenas, entonces tendrá que ser por las malas.
En un movimiento rápido la tomó del cuello, la fuerza que tenía lo hizo capaz de alzarla y pegarla contra la pared. El oxígeno abandonó rápido el cuerpo de Emille. Miró a los alrededores, su intento de grito se veía ahogado por aquella gran mano. Creyó que iba a morir, sin embargo él arrojó directo a la cama con tanta fuerza que el impacto la lastimó. El miedo paralizó a Emille y dejo de tratar de recuperar el oxígeno cuando lo vio desnudándose, pateó su cara en cuanto quiso halarla del pie para acercarla.
— Maldita. — Las gotas de sangre que salían de su nariz cayeron sobre la cama.
Emille no se quedó para admirarlo, con las fuerzas que le quedaban rodó y saltó de la cama, Hugo a la vez que trataba de detener la hemorragia nasal le lanzaba cuanta cosa encontrara mientras ella se arrastraba para conseguir las llaves que anteriormente dejó caer. Objetivo que no pudo cumplir, a milímetros de distancia el regresó a halarla en conjunto a la alfombra y se ubicó encima de ella, inmovilizándola. — ¡Déjame ir, necesito irme ahora!
— Me encanta que forcejeen ¿Sabías?
Asqueroso era que la sangre de su nariz le cayera en la cara en forma de gotas, nada estaba saliendo como lo planeó con Symond. — S-solo quiero regresar a mi casa.
— Vas a regresar a tu casa, me aseguraré de enviar tu c*****r a tus familiares en un saco.
Odiaba sentirlo, que besara su cuerpo y tratara de tocarla donde no debía, no importaba qué tanto forcejeara, la diferencia entre contexturas le hacía imposible empujarlo. ¿Qué podía hacer? Miró a los alrededores, sin embargo, un objeto filoso le cortó el dedo cuando sus uñas se quisieron enterrar en la piel ajena para lastimarlo, Hugo estaba tan sumergido en su lujuria que no notó cuando Emille sacó la daga de su cinturón.
Las manos le temblaron, nunca había hecho algo como eso. La daga se veía reluciente entre sus dedos, tanto que parecía algo imaginario. Estaba consciente de que si no lo hacía no podría volver a casa, pero ¿A qué costo?
El pánico que le generó sentir cómo arrimaba su erección a sus muslos fue el detonante, Emille cerró los ojos y sus manos se movieron solas, cuando regresó a abrirlos el crimen ya estaba cometido. Clavó la daga en su espalda. Automáticamente cayó a un lado y el piso comenzó a llenarse del charco espeso de sangre que incluso le ensució la ropa, Emille trató de no mirar la escena y solo corrió a tomar las llaves y salir de ahí antes de que se dieran cuenta de lo que hizo.
Giros a la derecha y a la izquierda, cruzando el último pasillo luego de pasar desapercibida sus propios pies temblorosos la traicionaron y cayó con todos su peso en el piso, las llaves estruendosas rodaron unos metros más adelante y se convirtió en el centro de atracción de los guardias. — ¡Alto ahí!
— ¡Lo siento, no puedo quedarme!
Corrió para alcanzar las llaves, escuchaba miles de pasos pesados detrás de ella y bajó las escaleras de caracol tan rápido que sentía que no estaba tocando bien el piso, al llegar a la celda la cara preocupada de Jack y Symond la recibieron.
— ¡¿Qué rayos te pasó?! ¡¿Por qué estás en ropa interior?! — Aunque los colores se distinguían en las mejillas de Jack y Symond, lo último que podía hacer Emille era sentarse a explicarles.
— Tenemos que correr, lo siento, fallé y ahora vienen tras nosotros ¡Rápido! — Abrió la celda con las manos temblorosas para liberar a sus amigos
Jack fue el primero en tomarla de la mano porque Emille se quedaba atrás con facilidad, Symond derribó una pila de troncos de madera en la salida para bloquear el paso y ganar algo de tiempo para escapar. Podía escuchar los ritos de los guardias y algunas flechas casi les alcanzan.
— ¡Síganme! — Eran el centro de atención cuando escaparon, por eso Symond los guió por una serie de calles abandonadas en las que pudieron perderse de manera rápida y cruzar la ciudad hasta llegar a las afueras, justo en el bosque.
Emille cae muerta de cansancio justo en el suelo, no le importaba llenarse el cabello de pasto, a su lado Jack se siente y cubre su cuerpo con la capucha que previamente había dejado en la celda antes de marcharse con aquel hombre. — ¿Estás bien?
Mientras Symond parecía buscar algo, ella se sentó y se abrazó a sí misma. — Tuve tanto miedo, casi muero ahí ¡Ese hombre estaba loco!
— Solamente a ti se te ocurre seguir el consejo de ese, a leguas se ve que está mal de la cabeza. — Se compadeció de los moretones en el cuerpo de Emille. — ¿Cómo pudiste escapar?
Le tembló el cuerpo en escalofrío antes de hablar. — Tuve que hacerlo Jack, era él o yo. Tenía una daga y… Yo lo…
No dejó que terminara de hablar, simplemente escondió su rostro lloroso en su pecho. — Hiciste lo correcto, tranquila.
— Ya nos conocen, Jack. A este paso no podré regresar a casa.
— Te he prometido que te ayudaría ¿No? No me rendiré hasta hacerlo.
Le dedicó una sonrisa muy linda.
— Yo tampoco, ahora que también me marcaron de fugitivo pienso unirme en su interesante aventura ¿No es fantástico?
Jack contuvo las ganas de golpearlo. — ¿Ves cómo terminó Emi por tu estúpida idea? ¡Casi la matan!
— Pero ¿Acaso no estamos todos afuera ahora? ¿De qué hubiera servido no hacer nada si de todas maneras íbamos a morir al día siguiente? — Por más que lo negara Symond tenía un punto de razón.
— La noche está empezando a caer. — Aquellos desgraciados les robaron todas sus cosas, Emi se sorbió la nariz. — Por ahora improvisemos una fogata y por la mañana veremos qué haremos a continuación.
Sin nada para comer, ropa que vestir o lugar dónde dormir era casi imposible conciliar el sueño, sin embargo Symond terminó siendo mucho más útil de lo que se esperaba.