Como si no fuera suficiente con todas las cosas que habían vivido hasta ahora llegó la cereza del pastel para poner el mundo de cabeza. La presunta Ofelia era una mujer hermosa, dueña de una posada donde daba alojo a los viajeros y les servía vino o les invitaba alimento, pareció que a todos les cayó en gracia, sin embargo Emille todavía sentía como si debiera permanecer alerta. — De verdad agradecemos su hospitalidad, no necesitaba molestarse tanto. — Murmuró Emille, mirando con desconfianza la taza de té verde que Ofelia le entregó. — Pero necesitamos continuar con nuestro camino o de lo contrario podrían descubrir que forasteros residen en su casa y traerle problemas. Ella mostró una sonrisa que estaba lejos de ser descifrada. — Oh, cariño. No necesitan preocuparse, mi boca es una tu

