6: No soy gay

1872 Palabras
No podía creer que finalmente lo había dicho, decir la verdad me había liberado de un gran peso. Ahora solo faltaba que Colette me perdonara por lo que hice. —Escucha, nunca pensé que las cosas tomarían un rumbo así. Pero ahora que llegó el momento de ser sinceros, pues lo voy a hacer. No soy gay en absoluto. Colette me miraba fijamente, era como si estuviera perdida en el tiempo y el espacio. —¿Estás bien? Te necesito aquí conmigo para que hablemos de esta situación. Colette empezó a reír, ella secó sus lágrimas y regresó su mirada a mí, ahora si se miraba un poco más normal que antes. —Te lo juro que por poco me lo creo, deberías de ser un actor profesional. Eres tremendo, Finn. Al final decidí que lo mejor era quedarse callado. Era más que obvio que Colette tenía un enamoramiento por mí, puesto que era la única figura masculina en la que podría centrar un interés romántico. —Bueno, supongo que sé a lo que me voy a dedicar en caso de que no tenga éxito como fisioterapeuta. Ahora vamos al jardín que hace un día precioso. Saqué a Colette al jardín y justo en ese momento, Alessandro se encontraba en la entrada. ¿Qué rayos hace aquí? —Espera un momento, Finn —ella me pidió y me detuve —¡Fred, deja pasar al señor! Él es mi doctor. Alessandro entró en su coche. En el momento en que bajó un enorme ramo de rosas rojas, supe que algo andaba mal. —Hola, Colette —él esbozó su arma mortal, una sonrisa estúpida —te he traído esto. —Gracias —ella tomó las rosas y llamó a una empleada que acudió de inmediato —quiero que las pongas en un jarrón y que se coloque en la entrada. —¿Acaso no las vas a colocar en tu dormitorio? Estoy seguro de que así me vas a recordar. —No me gusta el olor de las rosas, se me hace demasiado dulce —la cara pétrea de Colette no presagiaba nada bueno —. ¿A qué ha venido, doctor Romano? Le recuerdo que la dirección en mi expediente debe de ser utilizada únicamente por motivos médicos y si no lo hace así, mucho me temo que tendré que poner una queja en el hospital. —He venido a ver cómo vas con las terapias que te envié. Ayer le mandé el programa a Finn y espero que ya lo estés haciendo. —Esas cosas las tiene que ver con Finn —ella me miró —¿Puedes darle el número del celular que mi papá te dio para atender asuntos laborales? Pude ver que a Alessandro no le gusto nada la respuesta de Colette, le mandé el número y su sonrisa fue forzada. —Si eso es todo lo que tenía que ver, se puede retirar doctor Romano —Colette señaló con amabilidad la salida. —De hecho, no tengo un poco de sed, así que te agradecería un vaso con agua. —Está bien —Colette me miró —Finn, vamos al jardín y ahí le pediré a la empleada que le traiga agua al doctor Romano. —Espera, Colette —él se atravesó en el camino —sé bien que te encuentras molesta por lo sucedido con Finn. Ya me he disculpado por si acaso no lo sabes. —Lo sé muy bien, pero siendo sincera sus disculpas estaban más vacías que una tinaja. Ahora si me disculpa no puedo broncearme tanto y me está retrasando en mi terapia. —¿Qué tengo que hacer para que me disculpes? —Doctor Romano, le recuerdo que a mí no me ha ofendido, sino que fue a Finn. Lo hizo menos solo porque no usa una bata blanca, pero tenga por seguro que la calidad humana que él tiene, ante mis ojos lo hace alguien superior. —Sé bien que Finn tiene una gran calidez humana —su tono estaba lleno de sinceridad —en cierta parte de nuestra vida hemos sido los más grandes amigos, pero por algunos motivos fue que nos separamos. —Bueno, entonces es con él con la persona que se tiene que disculpar. No conmigo que al final de todo solo me encuentro molesta por la manera que lo ha tratado. —Finn, perdóname. Sé bien que las cosas no han sido fáciles para ti y si en algún momento necesitas de mi ayuda, solo pídela, por los viejos tiempos. La disculpa de Alessandro sonaba bastante convincente. A pesar de esto, Colette se mostraba aún reacia a pasar la página. De cierta forma esto me alegraba porque no sabía las intenciones de este tipo. —Vamos al jardín, ahí le darán jugo recién exprimido. Eso era lo más que ella iba a ceder ante la insistencia de Alessandro. Pero él sonreía como si lo hubiera invitado a pasar un fin de semana en la casa. —Te lo agradezco, después de ti. Empujé la silla de ruedas de Colette. Alessandro intentó arrebatarla de mí, pero fui más rápido. —Doctor Romano, por favor no haga eso —Colette miró de perfil hacia atrás —no me gusta que cualquiera empujé mi silla, no lo conozco lo suficiente para que haga esto. Le saqué la lengua a Alessandro y él me metió un pisotón, en el momento que se puso delante de Colette fue que encontré la oportunidad perfecta para desquitarme. —¡Ay, ay, ay! ¡Ay, mi pie! —Alessandro brincaba en un solo pie —¡Lo has hecho a propósito! —No, te lo juro que no —llevé mi mano a mi pecho falsamente alarmado —ya sé lo que duele un pisotón con la llanta de la silla de ruedas y eso no se lo deseo a nadie… “A nadie más que tú.” Pensé en mis adentros, rata sinvergüenza, como si no sé qué andas detrás de Colette y la quieres seducir con las mismas técnicas de hace años. —Bueno, es suficiente —Colette miró a Alessandro —eso le pasa por querer invadir mi espacio personal. Le recuerdo que abarcó más que cualquier persona normal, así que no ande haciendo eso. Nos fuimos al jardín y ahí nos encontramos con el resto de la familia, Alessandro venía de atrás mientras cojeaba. —Doctor Romano —el señor Sandemetrio lo miró extrañado —¿Pero qué hace aquí? Pensé que estaría en el hospital. —Hoy no tengo pacientes —él habló mientras emitía un quejido —así que he decidido venir a ver cómo va mi nueva paciente con su terapia. —Vaya, que es un doctor entregado a su trabajo, no había escuchado que hiciera visitas a domicilio para ver a sus pacientes. Pero es bueno saber eso. —De hecho no lo hago, pero quería volver a ver a su hija. Ella es muy hermosa y estuvo en mis pensamientos desde que dejó el hospital. Rata de dos patas, no podía creer que quisiera ligar de esa manera tan patética. ¿En serio hay mujeres que caen en ese tipo de labia barata? —Doctor Romano, le aconsejo que se ahorre la labia barata —Colette lo miró con cierto fastidio —esas cosas conmigo no van. ¡Ja! En tu cara, idiota. Lo miré y pude ver que una gota de sudor frío se deslizaba en su frente, sabía bien que se le estaban complicando las cosas y que ninguna mujer se había resistido tanto a sus supuestos encantos. —No es una labia barata, es la verdad. Siendo sincero, si te pongo un lazo en la cabeza, eres el regalo perfecto. —Finn —ella me miró con cierto malestar —me quiero ir ya, este hombre ya me topo con sus zalamerías. Me llevé a Colette de ahí y fuimos a su habitación, podía verla con cierto malestar. Sus ceños estaban fruncidos mientras miraba a través de la ventana. —¿Qué te sucede? —Toda la labia barata del doctor Romano me dio asco, ¿Sabes? Muchas personas piensan que ser ricos es algo maravilloso porque tenemos dinero a manos llenas y somos capaces de poseer cualquier cosa que deseemos, pero a veces hay algo que se desea y no podemos comprarlo. Eso es amor sincero, es tan difícil encontrar a alguien que nos amé por lo que somos y no por lo que tenemos. —Pero eso no es algo tan difícil de lograr, es cuestión de tener paciencia y buscar a esa persona que vea el corazón tan grande que tienes. —Como si eso fuera sencillo, ya de por sí antes se me dificultaron las cosas siendo una mujer completa. Ahora imagina que me encuentro atada en esta silla de ruedas. Lo único que las personas ven es el hecho de que puedo darles acceso a la fortuna familiar y eso es bastante asqueroso. —No te trates de esa manera —me senté delante de ella —escucha, sé bien que para muchas personas lo único que ven en ti es el dinero que les puedes dar. Pero más de alguien va a estar interesado en ti por lo que eres. —¿Quién? ¿Tú? Finn, he tenido el mal gusto de poner mis ojos en un gay. No tengo mucha vida social, de vez en cuando asisto a algunas reuniones sociales y la mitad de las personas me miran con lástima, la otra mitad miran el cajero andante. Justo por eso es que evitó asistir a ese tipo de compromisos y prefiero quedarme encerrada en casa. Iba a decir algo cuando escuchamos el llanto de una niña. La puerta se encontraba abierta, así que no fue difícil de oír. —Es Ainara, vamos. Colette se fue a la salida y en el momento que la niña la miró, fue corriendo directo hacia donde ella. —Tía Colette —la pequeña le dio un beso en la mejilla —te he extrañado. Colette abrazó fuerte a su sobrina, la escena era conmovedora. Ella limpió los ojos de la pequeña y la peinó con sus dedos. —Yo también te he extrañado, pero ahora vamos a estar juntas. ¿Qué quieres hacer? —Nadar, quiero nadar. —Finn, ya has oído a la niña —ella me miró por el rabillo del ojo —sirve para hacer la terapia vieja. Cassandra justo en ese momento subió con el monitor en su mano, ella al ver a su hija en los brazos de Colette nos mostró una gran sonrisa. —Cariño, deja a tu tía tranquila y ven conmigo. —No te preocupes, ella quiere nadar y la llevaré a la piscina. Al final los cuatro nos fuimos a la piscina, se le colocó a Ainara el equipo de seguridad necesario y la pequeña comenzó a lanzar pataditas intentando nadar. —¿Te sientes cómoda con eso? —Doble la pierna hasta su pecho —si te duele solo me dices. —No te preocupes demasiado, solo sigue con lo que haces que me siento más cómoda. Sabes bien que la terapia vieja la puedo tolerar…
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