«Papi, necesito tu polla dentro de mí. Ahora mismo, joder», siseó Sophia, su voz ronca y desesperada mientras empujaba a Nathan de vuelta a su silla de la oficina en casa, sentándose a horcajadas sobre su regazo antes de que él pudiera protestar. Sus tetas llenas y pesadas se presionaban con fuerza contra el pecho de él a través de su fina blusa, los pezones ya duros como piedras y marcándose en la tela como diamantes. Esos ojos verdes penetrantes se clavaban en los de él, salvajes de celos y hambre. La respiración de Nathan Harlan se le quedó atrapada en la garganta, sus fuertes manos instintivamente agarrando sus anchas caderas incluso mientras la culpa lo golpeaba con fuerza. A sus cincuenta y dos años, con el pelo salpicado de gris y revuelto por noches interminables sin dormir, se

