La voz de Rebeca resonó en la cocina, rompiendo la quietud con una intimidad casi conspiradora: —Volveré en un rato —dijo, mientras recogía su taza con delicadeza—. Espero que tengas algo interesante para el desayuno. Y… —se detuvo, girando apenas el rostro— relájate, chef. Estás más tenso que la cuerda de un violín. Luciano contuvo la respiración. La vio salir con un leve giro de caderas, dejando tras de sí una estela embriagadora de su perfume, y sintió, en lo profundo, que el juego apenas comenzaba. Se quedó allí, con las manos manchadas de harina y un temblor en las rodillas, consciente de que el problema no era solo que Rebeca jugara con él, sino que él no estaba seguro de querer detenerla. "Está jugando con mi mente", se reprochó entre dientes, apretando los dientes con frustración

