Cuando alcanzaron el clímax, lo hicieron en una espiral de estremecimientos que casi los dejó sin aliento. El tiempo pareció congelarse y, por un segundo, Luciano creyó sentir que, a pesar de todo, aquel vacío interior se llenaba de un calor inexplicable. Fue un orgasmo que los sobrepasó, dejándolos casi sin consciencia, fluyendo entre oleadas de placer que parecían interminables. Minutos después, los jadeos fueron cediendo, y Rebeca se acurrucó contra su pecho, con el cuerpo aún tembloroso. Sus labios se curvaron en una sonrisa felina y un brillo satisfecho iluminó sus ojos. Luciano, por su parte, experimentaba una mezcla de sosiego físico y un pánico moral que lo desarmaba. No podía negar la plenitud de ese instante, pero la sombra de la realidad aguardaba a la vuelta de la esquina. —Y

