La sangre se le heló. Sería un giro tan irónico, tan perfectamente cruel, que parecía escrito por un guionista perverso, Pero Linda conocía demasiado bien la vida como para pensar que era incapaz de jugar con sus heridas. Y allí estaban los dos, los tres, en realidad, en el mismo hotel, en la misma ciudad, a punto de enfrentarse sin buscarlo… como si el destino, con una sonrisa torcida, los colocara nuevamente en el mismo tablero. En un instante, Linda dio media vuelta y escapó por la puerta giratoria del lobby, hundiendo la barbilla en su chaqueta como si el pliegue del abrigo pudiera protegerla del pasado que se le había venido encima sin aviso. Una vez en la acera, se fundió con la corriente humana que avanzaba apresurada, sintiendo que su corazón ardía como si fuera a estallar de

