Luego, la cámara giró con un barrido elegante hacia una figura que irradiaba dulzura, Dulce Bermúdez, una repostera carismática cuya sonrisa conquistaba con la misma facilidad que sus tortas hiperrealistas en i********:. Llevaba el cabello recogido con un pañuelo pastel, y su delantal tenía bordado su nombre en hilos color lavanda. Saludó al público con entusiasmo, como si el plató fuera su casa y los espectadores sus comensales habituales, ganándose de inmediato una ronda de aplausos cálidos. Se especulaba que su actitud maternal y su encanto innato le permitirían aliarse con cocineros talentosos, formando conexiones genuinas que podrían impulsarla hasta la final. A continuación, el foco iluminó a Samuel Ortega, un hombre de rostro curtido, canas nobles en las sienes y una serenidad q

