Linda se aferró a él con la misma necesidad apremiante. Sus dedos viajaban sin rumbo, desesperados, buscando sostenerse en la solidez de su cuerpo como si en sus manos se escondiera el único refugio del naufragio emocional que ambos vivían. La música de fondo, suave y lejana, se mezcló con el ritmo frenético de sus corazones, creando una sinfonía salvaje que llenaba cada rincón de la estancia. El aroma del vino tinto, impregnado en el aire, se entrelazaba con el perfume fresco del jabón en su piel aún tibia por la ducha, envolviéndolos en una atmósfera densa, intoxicante. Cayeron sobre el sofá, sin romper el beso, enredándose en un abrazo desesperado, ávido. Cada caricia era un clamor. Cada roce, una súplica silenciosa. Luciano la exploraba con una mezcla desgarradora de reverencia y

