La mansión, tan imponente, tan silenciosa… ahora era un cementerio de lo que alguna vez significó hogar. Su padre, ausente. Su madrastra, una traidora. Y Luciano… el hombre que la rompió. Y con cada lágrima, Linda descendía más en ese abismo donde la confianza se quiebra, y el alma… ya no sabe cómo volver. En la recámara principal, la atmósfera era una mezcla espesa de sudor, jadeos y una culpa que se aferraba a las paredes como un mal olor. Luciano, aún desnudo, se agachó con torpeza para buscar sus pantalones, mientras el eco de los pasos de Linda se desvanecía por las escaleras, como una despedida que le raspaba el alma. Rebeca, en cambio, se quedó quieta un instante, inmóvil como una estatua de mármol agrietado, con los labios apretados en una mueca de frustración y los ojos encend

