Así transcurrió la primera media hora, un caos de ofuscaciones, percances y un par de accidentes con ollas volcadas que salpicaron aceite y frustración por igual. A ratos, las maldiciones de otros concursantes resonaban como ecos de guerra, pero era en la estación 11 donde el campo de batalla tenía nombre propio. Sartenes sucias se apilaban como ruinas de un combate, ingredientes desperdigados sobre el mesón hablaban de falta de comunicación, y al centro de todo, dos excompañeros que se evitaban como enemigos condenados a cooperar. Restaba una hora. Linda se disponía a corregir el punto de sal de la salsa de camarones, pero sus pensamientos estaban en otra parte. Su mente era una niebla agitada, difusa, enredada en emociones mal disimuladas. La cercanía física de Luciano la deses

