Mientras tanto, en un salón privado de Selecto Paladar, Ricardo Salinas alzaba su copa de vino con una sonrisa satisfecha. Su voz, impregnada de burla, resonaba entre sus socios como música triunfal. —Nunca imaginé que se destruirían tan rápido. Me están ahorrando el trabajo. No tuvo que mover más hilos. La debacle se extendía sola, como un incendio desatado por chispas mal apagadas. Pero Linda no era de las que se dejaban arrastrar por la marea sin pelear. Esa misma tarde, aún con las redes ardiendo, se encerró en la oficina del restaurante. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro pálido, pero en su interior brillaba una luz feroz. Estaba rodeada de carpetas, hojas de cálculo y planos que había desempolvado con una única idea: pelear. Y Luciano la encontró así, en medio del caos de doc

