Desde lo alto, las luces de la ciudad titilaban como luciérnagas dormidas, ajenas al incendio de secretos que aún ardían en los corredores de la Mansión Altamirano y los salones de Selecto Paladar. El aire fresco de la noche se mezclaba con el aroma sutil de las plantas del jardín, creando un perfume terroso y húmedo que flotaba como un susurro entre los setos. Luciano, vestido apenas con una camiseta y pantalones holgados, salió al patio trasero, sus pasos eran lentos, como si cada uno cargara el peso de decisiones no resueltas. Buscaba un momento de tregua, un respiro en medio del caos que le saturaba el pecho. Con mano temblorosa, encendió un cigarrillo, hacía meses que no fumaba, pero esa noche, el viejo vicio volvió a invitarlo como un fantasma familiar, observó la brasa encende

