La noche cayó con una pesadez densa, como si arrastrara consigo las últimas esperanzas de Linda. Sentada en el borde de la cama, con la luz tenue del velador dibujando sombras en su rostro, repasaba en silencio el mensaje que había leído una y otra vez, con el pulso acelerado y un nudo formándose en el centro del estómago. Una oleada de calor le subió por el cuello mientras su pecho se contraía, con una presión sorda, como si cada palabra hubiese sido escrita con veneno. El aire se volvía más espeso, más pesado. El corazón le martillaba en el pecho, inquieto, como si presintiera una verdad temida acechando desde la penumbra. No había explicaciones. Solo una invitación silenciosa a la duda. Linda se recostó sobre la almohada, con el pecho oprimido por pensamientos que se negaban a callar.

