Tiempo después, en el jardín principal del palacio, donde el aire estaba impregnado con el aroma de las flores que lo decoraban, Ofelia y Jim aplaudían encantados. Frente a ellos, un trovador de voz melodiosa cantaba una historia cautivadora sobre un lobo y una mujer zorro. Las notas de su laúd flotaban en el aire mientras Ofelia, absorta en el relato, extendió su mano para buscar la de su hermano. —Jim dame... —sus palabras se cortaron cuando, al bajar la mirada, descubrió el espacio vacío a su lado. El pánico se apoderó de ella mientras giraba la cabeza buscándolo—. ¡Jim! —exclamó, con su voz teñida de preocupación mientras su corazón latía acelerado. Ajeno a la angustia de su hermana, Jim se había escabullido entre la multitud, sosteniendo una manzana acaramelada que brillaba tentador

