33. El precio de la misericordia

1688 Palabras

La furia ardía en el interior de Acaz como un fuego abrasador, sintiendo una ira que a duras penas podía disimula o disminuir. Pero a pesar de la rabia que rugía en su interior, el hambre física era una necesidad que no podía ignorar, no había desayunado durante la mañana, y ya a esas horas de la tarde, su fornido cuerpo rugía por alimento. Con un gesto que muy pronto se convertiría en una rutina común, el rey le indicó a Ofelia que tomara su lugar encima de la mesa con las piernas abiertas, ese pedido ella comenzaba a creer que quizás era más una costumbre de lobos que algo exclusivo del rey. Esta vez, sin embargo, había algo diferente en su demanda. La usual exigencia de desnudez fue reemplazada por una petición más moderada: solo el vestido elevado lo suficiente para revelar sus pierna

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