El amor es una cosa seria
Cameron Scott
Desde el primer día en que coincidimos en la escuela Dalton —dos críos con las rodillas raspadas y demasiada energía— Adrien Powell y yo fuimos inseparables. No recuerdo haber tomado la decisión; simplemente ocurrió. Él se convirtió en mi sombra y yo en la suya.
Adrien fue el primero en descubrir mi secreto más antiguo: mi devoción absoluta por Hanny. Durante años soportó, con una paciencia casi heroica, mis discursos sobre cómo algún día conquistaría a la diosa de ébano. Yo hablaba con la solemnidad de un caballero medieval; él me escuchaba como quien oye a un poeta exagerado.
—Cuando seamos mayores —le decía—, voy a invitarla a algo importante. Algo digno de ella.
Adrien siempre rodaba los ojos, pero jamás se burlaba del todo.
A cambio, yo le ofrecía lo que él no tenía del mismo modo: el caos cálido de mi familia. Los Scott éramos ruidosos, competitivos, a veces insoportables… pero inexpugnables. Adrien encontró en nuestra casa un refugio. Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, también una razón más para aparecerse por allí: mi hermana Mel, el famoso “limón agrio”.
Crecer sin desviar la brújula
Los años pasaron y yo crecí bajo la mirada crítica de Mel y el apoyo incondicional de Adrien. Nada, sin embargo, conseguía apartar mi atención de Hanny.
Cada vez que había reunión en casa y las chicas aparecían, yo arrastraba a Adrien a un rincón.
—¿Crees que este libro sea un buen regalo? —le pregunté una vez, mostrándole una edición elegante de poesía que apenas entendía, pero que me parecía apropiada para una reina.
Adrien lo examinó con gesto teatral.
—Cam, a las chicas mayores les gusta reír. Y Hanny… —sonrió de lado—. Ella te mira como si fueras un proyecto interesante. No lo arruines siendo demasiado solemne. Regálale algo que la divierta. Sherlock Holmes. Miss Marple. Confía en mí.
Yo asentía como si estuviera recibiendo instrucciones militares. Guardaba cada consejo como si fuera oro. Tenía a mi hermana para desafiarme, a mi mejor amigo para sostenerme y a Hanny como el norte fijo de mi brújula.
Mi corazón tenía dueña desde los cinco años. Y yo no pensaba cambiar eso.
La adolescencia llegó con el estruendo del hockey, el frío de la pista y un caos hormonal que Adrien y yo enfrentamos de maneras muy distintas.
A mis doce años y sus catorce, nos convertimos en los nombres que más resonaban en el equipo escolar. Yo era el defensa inamovible: precisión, elegancia incluso bajo capas de protección. Adrien era el capitán, el centro delantero más letal de la liga. En el hielo éramos cálculo y ferocidad; fuera de él, apenas dos chicos fingiendo entender el mundo.
Las gradas se llenaban cada partido. Y no solo por el deporte.
—Mira eso, Cam —me susurró Adrien una tarde, golpeándome el hombro con el stick y señalando a un grupo de animadoras que agitaban carteles con nuestros nombres—. Si les hicieras caso, tu vida sería mucho más sencilla.
Ni siquiera miré.
Buscaba entre la multitud una sola figura: rizos color chocolate, piel oscura destacando entre el gentío. Hanny.
—No me interesan las distracciones —le respondí—. Solo quiero que una persona me vea ganar hoy.
Adrien resopló, pero sonrió. Él sabía que yo hablaba en serio.
El verdadero problema era otro. Si lo mío con Hanny era una misión paciente y casi épica, lo de Adrien era un campo minado.
Porque mi mejor amigo estaba enamorado de Mel Scott.
Y enamorarse de mi hermana no era un deporte de contacto: era una guerra.
Mel no era distante ni etérea como Hanny. Era fuego. Sarcasmo. Intensidad. “Limón agrio” no era solo un apodo; era una advertencia. Sabía exactamente qué botones presionar para descolocar a Adrien. Lo conocía desde los cinco años, sabía cada una de sus debilidades y no dudaba en usarlas.
Para ella, Adrien era “el mejor amigo de mi hermano”.
Nada más.
Y eso lo estaba matando. Para él cada día era una victoria y derrota a la vez.
Después de una victoria aplastante, nos reunimos en el aparcamiento. El aire olía a hielo derretido y adrenalina.
Vi a Hanny junto al coche de sus padres y caminé hacia ella con la seguridad que solo el hielo me daba. Le ofrecí mi chaqueta, aún húmeda de sudor.
—Hueles a vestuario, Scott —dijo con una sonrisa divertida, pero no me devolvió la prenda.
Para mí, eso era un triunfo.
Mientras tanto, Adrien se acercó a Mel, que estaba sentada sobre el capó del coche de mi padre, comiendo una manzana con total indiferencia.
—Buen partido, Powell —dijo ella, dándole un golpe en el brazo que casi lo desmonta—. Pero fallaste ese pase en el segundo periodo. Mi abuela patina más rápido que tú.
Yo vi el gesto apenas contenido de Adrien. Orgullo herido.
—Gracias por el apoyo, Mel. Siempre tan delicada.
—De nada, idiota.
Entonces hizo lo peor: le dio un beso rápido en la mejilla y salió corriendo hacia mí.
—¡Vámonos, Cam! ¡Tengo hambre y Hanny dice que nos invitan a cenar!
Adrien se quedó clavado en el asfalto un segundo más de lo necesario.
Cuando por fin se acercó, me miró con frustración genuina.
—Lo tuyo es fácil. Hanny te respeta. Te ve como un hombre. Mel… —negó con la cabeza—. Mel me ve como un mueble con el que puede jugar al fútbol.
No pude evitar reír.
—Bienvenido al mundo de los Scott, Adrien. A mi hermana tienes que ganártela en el campo de batalla.
Cerré el maletero y le di una palmada en el hombro.
—Pero recuerda algo: un Scott —y, por extensión, un Powell— nunca se rinde.
Él me sostuvo la mirada unos segundos.
Y supe que no lo haría.
Lo que aún no sabíamos
En ese momento creíamos que el amor era un juego complicado, pero todavía inocente.
Pensábamos que el mayor riesgo era un rechazo, una burla o un corazón roto.
No sabíamos nada.
No sabíamos que el mundo fuera de la pista de hielo era mucho más oscuro.
No sabíamos que los nombres que escuchábamos en las noticias —empresas, gobiernos, fundaciones— escondían redes de poder capaces de destruir vidas enteras.
Ni que, años después, uno de nosotros terminaría cruzando el océano para aprender a moverse dentro de esas sombras.
Aquella noche, mientras conducíamos hacia casa entre risas y discusiones absurdas, miré por el retrovisor.
Adrien iba atrás con Mel, discutiendo por quién había jugado peor el segundo periodo.
Hanny iba a mi lado, mirando por la ventana con esa calma que siempre me desarmaba.
Y por un instante pensé que la vida podía quedarse así para siempre.
Cuatro amigos.
Una familia ruidosa.
Un futuro abierto como una pista de hielo recién pulida.
Pero el amor —descubriría después— no es solo una cosa seria.
También es el principio de todas las guerras.