—¡Sí! —gritó Amanda, sorprendiéndome—. ¡Soy tonta, pero no tienes derecho a decírmelo! Mi mandíbula se fue al suelo mientras me obligaba a respirar profundo. Es decir, ni siquiera le había dicho tonta, le había llamado tontita, y nunca fue en plan de molestarla. Minutos atrás habíamos estado comentando sobre cómo se había equivocado al guardar las cucharas en un cajón de la cocina que no utilizábamos, y por eso yo no había logrado encontrarlas cuando quise comer. Entonces, cuando se disculpó alegando haber estado distraída, le dije que no tenía nada de qué preocuparse, y fue entonces cuando la llamé tontita. No era una crítica, tampoco era un insulto, pero al parecer le molestó demasiado que le llamara de esa manera, como muchas otras cosas que, para mí, no eran malas y ellas las e

