Luego de lo confesado, ambos nos habíamos quedado en completo silencio nuevamente, ninguno de los dos se atrevió a decir nada más; pero cuando el silencio se volvió incomodo, arrebate la taza de sus manos, la cual ya estaba vacía e intente irme, pero su fuerte mano se ciñó sobre mi brazo... deteniéndome. Lo mire, a la espera, la dulce ascuas de que de su boca salieran esas palabras, las que yo quería escuchar, las que me asegurarían un futuro para nuestro amor, justicia para la muerte de nuestro hijo no nato, venganza por todo lo que me habían hecho y el futuro de la familia que me había prometido estos últimos meses, pero, sin embargo, todo lo contrario, salió de esa boca que suya, una de las cosas que podía decir; eran mi perdición. - ¿Cómo te sientes hoy? - dijo sin más. Aparte su

