Todos cumplían las demandas de su líder: proteger a los nuevos médicos de la Reserva White Fang.
En unos segundos, más pasajeros avanzaron ante ellos. Una joven de contextura mediana caminó en dirección a Aspem. Mientras lo hacía, ambos jóvenes estaban expectantes de saber si aquella bella mujer era la médica que él estaba esperando.
— ¡Hola, buenas tardes!... ¿Usted es quien me llevará a la Reserva Yukón? —inquirió la bella mujer que estaba parada frente al joven lobo.
Aspem logró ver la identificación que llevaba aquella mujer en el cuello «Doctora Kylie Dachs»
—Soy Kylie Dachs ¿Usted es quién m llevara n la reserva? —preguntó con curiosidad Kylie.
— ¡Disculpe, señorita!... Así es, soy el joven Aspem. Por favor, sígame; la llevaré a la reserva —para Aspem, volver a la reserva lo alegraba de manera llamativa. Muy pocas veces salía de su reserva, y si lo hacía, era por cosas sumamente necesarias. Mientras seguía los pasos de aquel joven, Kylie no podía evitar admirar el nuevo lugar de trabajo.
— ¡Disculpe, soy la Doctora Ángela Smith! —la voz de aquella persona hizo que Leuke levantara su rostro hacia ella. Al verla, quedó asombrado por su belleza.
Frente a él estaba una mujer delgada, de piel blanca, con cabello largo y lacio. Pero para desgracia de Leuke, a él no le gustaban las humanas. Mientras caminaban, ambos jóvenes se cruzaron con dos hombres. Al pasar la bella mujer por el lado de ellos, los dos hombres dirigieron sus miradas hacia ella. Leuke supo en ese instante que aquella mujer sería la próxima víctima de aquellos seres de sangre fría. Caminaron de manera cautelosa detrás de ellos, pero, para fortuna del joven beta que tenía la enorme responsabilidad de llevar a salvo a la Reserva Yukón, mientras se dirigían a la salida del aeropuerto, Leuke observó a dos jóvenes para darles una clara señal de que debían detener a los dos hombres que los seguían.
De manera sigilosa, aquellos lobos de rango inferior tenían la tarea de interferir con los planes de aquellos vampiros o tratar de detenerlos sin llamar la atención de los demás humanos que estaban allí.
—¡Vaya, nuestro líder estará contento de saber que en la reserva Yukón han tenido invitados humanos! —formuló aquel vampiro con una leve sonrisa provocativa. El segundo omega se cercioró de que su líder ya se había subido al auto y se habían ido. Al ver que ya no estaban solos, hizo una señal con la cabeza para retirarse de allí, dejando a los vampiros. Luego, observó que aquellos dos seres despiadados ya habían elegido nuevamente a dos jovencitas humanas para sus próximos aperitivos.
El peligro de ser succionados por los colmillos de aquellos seres siempre persistía en aquel lugar, pero muy pocos humanos sabían de la existencia de aquellos seres. Sin embargo, nada podían hacer para evitar ser las próximas víctimas.
La noche ya estaba haciendo su presencia en aquella reserva. Para los nuevos médicos, el cansancio y el sueño los acechaban de manera inminente.
—¡Ya llegamos a su nuevo hogar!... Esta noche descansarán; mañana, el dueño de la reserva los visitará —expuso Aspem a la Dra. Kylie. Ella, a su vez, solo bajó del auto para observar a su alrededor. Para ella y los demás compañeros, el lugar les resultaba algo extraño. Para Kylie y Ángela, era una oportunidad para ejercer su profesión. Acompañar a un médico prestigioso con una carrera estable no podía desaprovechar dicha oportunidad.
Al doctor Bennett y sus colegas le habían proporcionado una cabaña a cada uno para su estadía. Ya era altas horas de la noche cuando Ángela logró escuchar unos aullidos.
— ¡Son aullidos! ¿Kylie, los has escuchado? —exclamó Ángela, abriendo las ventanas que estaban frente a ellas. Ambas mujeres lograron escucharlos y salieron afuera lentamente, dando pasos inseguros y manteniéndose juntas, pero no observaron nada extraño a su alrededor.
— ¡Oye, Ángela! ¿Qué dices si entramos adentro?... ¿Ángela? —Kylie vio que su compañera bajaba las escaleras para observar con más detenimiento. Para Ángela, escuchar los rugidos de esos animales era algo nuevo, misterioso y peligroso. Antes de llegar a Yukón, le habían contado mitos e historias extrañas vividas por los habitantes de aquel pueblo.
A pesar de esas historias aterradoras, ella había tomado la valiente o tal vez estúpida decisión de su vida, al menos así lo pensaba.
Kylie, por su parte, estaba aterrada al escuchar aquellos aullidos que parecían acercarse hacia ellas. Con el temor de que fueran verdaderos lobos y las atacasen, se apresuró a acercarse a su compañera y tomarla del brazo.
—¡Ángela, cielo santo!... ¿Qué te pasa? ¿No temes que nos ataquen? ¡Vamos, entremos! —exclamó Kylie, tirando del brazo de Ángela y obligándola a entrar en la cabaña.
—¡Kylie, espera! ¡Espera, está bien, lo haré! ¡Lo haré! —dijo Ángela. Ambas mujeres se adentraron en la cabaña. Kylie, más aterrada que Ángela, decidió bajar las cortinas de las ventanas, no conforme con haber entrado ya.
La noche avanzaba y los aullidos iban disminuyendo gradualmente. Para los nuevos habitantes, ese lugar era sumamente extraño, tanto que no podían conciliar el sueño correctamente.
Dos de los lobos recién convertidos patrullaban aquellas tierras. Para ellos, dominar su transformación era muy difícil y sus sentidos se habían desarrollado de manera extraordinaria. Podían escuchar pisadas a larga distancia y distinguir si eran humanos o lobos como ellos. Sus sentidos también se habían desarrollado gradualmente.
—Dan, ¿has olfateado eso?... Espera, son dos —expresó Paul. La inexperiencia en las batallas era evidente en ellos. Ningún lobo de aquel clan esperaba la intromisión de nuevos seres que no fueran de su misma especie.
Ambos se arriesgaron y pusieron en peligro sus propias vidas al perseguir a aquellos seres que ahora corrían rápidamente para perderlos de vista. Dan, que era un poco más rápido, logró alcanzar a uno de aquellos vampiros.